Llanto por Federico García Lorca: Voces de muerte/ sonaron cerca de Viznar

 

Llanto por Federico García Lorca

 

Voces de muerte
sonaron cerca de Viznar,
mientras el cielo
relucía como la grupa
de un potro verde.

Su corazón malherido
por cinco espadas
de inefables palabras,
muerto se quedó
con un tiro helado.

Aunque la negra hierba
brote sin cesar de la flor
de tu calavera, no yaces
como todos los muertos.

Duermes sin fin,
y sin epitafio,
en la tierra de tu alba,
en tu verduga tierra.

Vives en los sueños,
en cada voz ahogada,
en cada viva guitarra,
en tus indomables versos.

Tardará mucho tiempo
en nacer, si es que nace,
un poeta tan humano,
un poeta tan rico de duende.

 

 

De: Zoraida Sánchez Mateos

 

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Te esperé en mi vientre/ mucho más que nueve meses

 

Te esperé en mi vientre
mucho más que nueves meses,
desde niña fui tu madre.

Construí tu cuna de arcoíris,
te nombre rey de mis sueños
y quise ser ruiseñor por ti.

Respondías a mis cantos,
a mis caricias, a mis suspiros
meciéndote como los ángeles.

En dos semanas, tus manos
se aferrarían a mis dedos
y yo siempre las guiaría.

Nuestra primavera se secó.

Y, aunque mi carne era tu carne,
ya no latías dentro de mí,
ya no eras dulce aurora.

Y esbozando tu invisible
sonrisa, alumbré cegada
a la amarga Muerte.

Y, en un día, derramé
todas las lágrimas
que no lloraste en vida.

Y, en una noche, ahogué
en mi leche al olvido.
Nunca dejaré de amarte.

 

By: Zoraida Sánchez Mateos

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El origen del español: la influencia de los pueblos germánicos

 

El  final del mundo latino: los pueblos germánicos

  Las invasiones de los pueblos llamados bárbaros por los romanos tuvieron consecuencias decisivas para la historia política y cultural  de la Europa occidental. Con ellos terminó el Imperio latino, se pusieron las bases de una nueva organización, feudal y nacional y se llevo a término una relevante actuación lingüística. Por un lado, originaron nuevas situaciones de bilingüismo, provocando, en mayor o menor grado, interferencias con el habla latina (o románica ya) de las zonas del Imperio que fueron ocupando. En este aspecto, su influencia fue sobre todo en el léxico, aunque también transmitieron algún elemento gramatical y determinadas características fónicas. Por otro, propiciaron condiciones que favorecieron la evolución del latín.

    La Península Ibérica quedó separada del Imperio desde el 409. En este año, entran en ella los pueblos germanos de suevos, alanos y vándalos, quienes se la reparten, con excepción de la Tarraconense. En el 411, llegan a dicha provincia los visigodos (subordinados nominalmente al Imperio), los cuales eliminan a los alanos, arrinconan a los suevos en el Noroeste y obligan a los vándalos a marchar a África en  el 429.  El reino visigodo se hace definitivamente hispano a principios del s.VI, cuando pierde Tolosa ante los francos. A finales de ese siglo, los suevos de Galicia son sometidos y, a principios del VII, se expulsa a los bizantinos del Sur y Este de la Península.

   Los visigodos llegaron a Hispania muy impregnados ya de la cultura romana (mantuvieron la misma estructura regional y los mismos centros de esta cultura) y el período de bilingüismo fue breve, pues su lengua desaparece a lo largo del s.VI. Si a esto añadimos que la población goda era escasa, entenderemos por qué la  lengua gótica no actuó como un verdadero superestrato del hispanorománico ni condicionó demasiado su desarrollo. Salvo préstamos de vocabulario (alrededor de un centenar de términos)[1], su influjo fue sólo indirecto; lo mismo puede decirse de los suevos, que, al permanecer en Galicia, dejaron campo libre a ciertos fenómenos muy vulgares.

   A la hora de valorar la importancia del elemento gótico en español hay que destacar, naturalmente, los germanismos incorporados al latín tardío (y que siguieron en romance) y los que entraron por distintas vías; así, el francés medieval suministró bastantes, y es posible que los mismos visigodos nos transmitieran términos de procedencia distinta. Pero el desarrollo de las lenguas peninsulares, y entre ellas el castellano, no podría entenderse nunca sólo a partir de estos antecedentes. Al revés de lo que ocurre en Francia o Italia, la estructura lingüística de la Península Ibérica  no continúa con el latín desarrollado orgánicamente sobre sus asentamientos originarios.  La llegada en 711 de los árabes trastornó por completo la situación que hemos venido describiendo.

                                       (Continuará en próximas entradas)


[1]  Del léxico godo heredado se pueden citar términos como sacar, sayón (léxico jurídico), guardia, guardián, espía (léxico militar), casta, esquila, esquilar, ganso (vocabulario de pastoreo de animales), y otros como gana, ropa, ataviar, etc. Además, los visigodos proporcionaron el sufijo -engo (de valor jurídico realengo, abadengo o abolengo) y diversos topónimos de influencia latina: Codos, Godones o Gudin.

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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Déjame ser tu Pigmalión

 

Déjame ser tu Pigmalión
para esculpir, lentamente,
con mis yemas de Bernini
tu ardiente mármol rasgado.

Déjame ser tú Prometeo
para avivar la dorada llama
que sembré en tu pecho
de azabache marchito.

Déjame ser tu adelfa
para teñir tus grisáceos
iris del color del sur
y embriagarlos de néctar.

Déjame ser tu musa
insaciable para que sepan
a versos todas las letras
que muerda en tu boca.

Déjame no dejarte ir
cuando Ícaro derrita al sol
y la abismal noche aceche
los pétalos de mi alma

.

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Propiedad de: Zoraida Sánchez Mateos

 

by: Zoraida Sánchez

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Prostíbulo poético

 

He yacido con las cibermusas
del “New Parnaso”,
arácneas forjadoras de
paraísos relámpagos.

Batallé en las nubes.
Sus pomposos links
y sus gifts de conejitos
me sodomizaron.

Exigiome su Madame,
fundadora ilustre
de la Real Academia
del callejón del gato,
140 caracteres.

Me quité el cráneo.
Solo llevaba 10 gigas
de versos áureos.
No aceptó el cambio.

Cobrose mi deuda
convirtiéndome
en proxeneta de
memes literarios.

 

 

 

 

By: Zoraida Sánchez Mateos

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Si te dicen que caí: Introducción a la novela de Juan Marsé

 

   En Si te dicen que caí (1973), Juan Marsé evoca la Barcelona de la guerra civil y de la dictadura franquista, donde se vislumbraban edificios en ruinas y sin agua potable, peatones malafeitados y de mirar torcido y niños hambrientos y enfermizos jugando descalzos en calles sin pavimentar. En este triste y sucio escenario (barrio de Guinardó), tanto vencedores como sometidos deberán afrontar las terribles consecuencias que, para cada uno de ellos, se derivaron del conflicto bélico.

     El realismo crítico-social[1] y las experimentales técnicas narrativas de los sesenta, permitirán al autor catalán mostrarnos el clima de pobreza, miedo,  incertidumbre y, sobre todo, represión que se vivió la ciudad condal durante más de tres décadas. La crudeza de las historias que el lector conoce a través de los múltiples y fragmentarios testimonios que aportan los pesonajes (mediante recuerdos personales, acontecimientos sociales y las “aventis”)[2] hizo que la primera edición de la obra tuviese que ser publicada en México.

                                      Los personajes: sometidos, vencedores y rebeldes

       Los personajes de la novela podemos dividirlos según la posición social e ideológica que adoptan  dentro del régimen. Por un lado, se hallan los sometidos, que  integran a la gran masa que, durante la guerra civil, se defendió contra los fascistas.  Su vida está marcada por la precariedad económica y el temor. Dicho grupo estaría constituido por los acogidos por la Casa de Familia, Ramona y los Kabileños. Estos últimos son descritos como: “Tiñosos y pendencieros, sin escuela, sin que nadie los controlara… peor que la peste, embusteros como el demonio. Sus ropas olían a pólvora quemada y a fogatas de verano, frecuentaban los refugios antiaéreos inundados de tierra y agua de lluvia, agujeros negros que aún no era tiempo de tapar o que la gente había olvidado”.

     Por otro lado, se hallarían los vencedores. Aunque pertencer al bando ganador les garantiza una posición social privilegiada, las secuelas físicas y psicológicas del conflicto les impide tener una  existencia satisfactoria. Es el caso de Conrado Galán, la baronesa y el Tuerto. Por último, se hallan los rebeldes, quienes (a pesar de haber sido dierrotados) siguen defendiendo su causa de forma activa.  La firme creencia de que pronto todo cambiará les lleva a realizar una serie de altercados para recoger dinero o  para ajustar cuentas con sus enemigos. Gracias a Palau, Miguel Bundó,  Luis Lage o Marcos Javaloyes,  conocemos la situación en la que se encontraba el anarquismo y el comunismo en España tras la posguerra y la realidad de los exiliados. Conforme avanza la trama, las diferencias que se crean entre ellos y la consolidación del franquismo los convertirán en: “Hombres de hierro, forjados en tantas batallas, llorando por los rincones de las tabernas como niños”.

      Si te dicen que caí  no es la única novela en la que Juan Marsé incluye personajes que combaten, apoyan o sobreviven a la dictadura franquista.. En  Ultimas tarde con Teresa (1966) o Un día volveré (1982) y Rabos de Lagartija (2000), el realismo crítico está muy presente, pues para él el escritor ha de tener una constante actitud de denuncia frente a la sociedad y emplear estructuras y técnicas narrativas innovadoras que pongan la palabra al servicio del recuerdo y que construyan voces que se complementan y se desmienten (Metaphora, 1994).

 

Bibliografía recomendada

  • Gabikagojeaskoa, Lurdes. (2011). Eran soñadores de  Eran soñadores de paraísos: Nostalgia y resistencia cultural en la obra de Juan Marsé (Otras Eutopías),  Biblioteca Nueva.
  • [Metaphora]. (1994). Guía de lectura de lectura de Si te dicen que caí, Plaza y Janés.
  • Kwuang-Lee, Kim. (2006). El cine y la novelística de Juan Marsé, Biblioteca Nueva.
  • Romea, Celia. (2005). Juan Marsé, su obra literaria, lectura recepción y posibilidades didácticas, Horsori.

[1] Escritores de la posguerra, como Juan Goytisolo o  Ignacio Aldecoa, declaran  que sus obras poseen una visión realista y crítica de ka España en la que les  ha tocado vivir.

[2]  «Aventi» es un apócope-diminutivo de aventura y describe narraciones improvisadas de historias inventadas.  El autor utiliza estas para que los personajes fantaseen con la realidad y creen sus propias versiones de los hechos, quedando él en un segundo plano.

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En nuestra guerra y paz

 

En nuestra guerra y paz,
tu osado y veloz caballo
derroca la sonrisa de mi reina
con rojizos espejos de sombras. 

En nuestra torre de marfil azul,
las edades del verso se tornan
inefables y las letras enmudecen
en incipientes páginas de miradas.

Cuando irrumpe el ocaso,
siempre, anhelo esculpir
con mis yemas de adelfa
tu exhalante busto de Adonis.

Cuando el alba se cansa,
siempre, deseo jugar otra
partida, donde nuestros
alfiles tracen un solo sendero.

 

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El origen del español: la romanización de Hispania

    La incorporación de la Península Ibérica al mundo político dominado por Roma se llevo a término entre el II a.c y el I d.c. La romanización lingüística tuvo en cuenta la naturaleza de los pueblos que se iban incorporando al Imperio. Sabemos que  fue completa en las zonas que ya eran más cultas a la llegada de los romanos (el Sur y el Este) y más superficial en las zonas más alejadas del Mediterráneo: el Centro y el Norte.

    La provincia Bética, urbana y culta, acogió  a romanos de mayor nivel social y cultural por lo que su latín fue más conservador y puro. La Tarraconense (habitada por soldados, colonos o comerciantes sur-itálicos) desarrolló un latín más «vulgar» y receptivo a las innovaciones. El latín de la región Bética ascendería por el Oeste y llegaría hasta las zonas galaicas, astures y cántabras, manteniendo el carácter conservador de esta. Por el contrario, el latín popular de la Tarraconense se difundiría por el Centro, donde al cabo de los siglos brotaría el romance castellano, que  tomaría elementos de ambas.

    La presencia del latín en España arranca de un período que no es aún la época «clásica» y en el que existen formas que desaparecerán o serán arrinconadas por el desarrollo posterior de la lengua latina. Es probable que ese carácter arcaizante se deba también a que Hispania era una zona «lateral» del Imperio. Ello explicaría las numerosas coincidencias, de orden léxico, sobre todo, entre los romances hispánicos, el rumano y la oposición con el francés y el italiano. Estos últimos heredan el latín central, que era más transgresor.

     Son bastantes los arcaísmos hispanos que se remontan a la época de la conquista romana (LABRUM > lebrillo) y las formas clásicas que pervivieron en la península y no  en el Centro del Imperio, que prefirió innovaciones más tardías: AUDIRE > oír o  MULTER > mujer. En España, se conservó el sistema ternario en los demostrativos, el antiguo pluscuamperfecto de indicativo y del futuro perfecto, si bien con notables desplazamientos de valor (amara, amare).

      De acuerdo con lo anterior, no podemos esperar demasiadas innovaciones peculiares en el latín de la Península Ibérica. En cambio, sí se citan neologismos léxicos en época imperial: CAPTARE > catar ‘ver’.  La lengua latina instalada en dicho  territorio  debió de presentar  particularidades notables como consecuencia de los diversos idiomas que se habían desarrollado en él previamente y del largo periodo de tiempo de difusión de estos y del latín  No obstante, era la misma lengua del resto del Imperio.

     La latinización de España fue, en líneas generales, completa. Esto no solo se muestra en la floración de autores latinos (Séneca o Marcial) o en la existencia de grandes focos de latinidad (Hispalis o Tarraco), sino también en  el hecho de que el latín era  la lengua empleada hasta en los escritos más humildes. Es de ese latín hablado por todos «vulgar» (frente a la modalidad literaria, que estaba más fijada), de donde surgieron las lenguas romances y, entre ellas, el castellano.

(Continuará en próximas entradas)

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

 

 

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Hisparpento: Trigedia en 6391 actos

 

Se abre el aguileño telón.
Cachiporras de Escarapela.
Amanecer verde.
Nubarrones grises.
Las arañas negras,
durante mil y una noches,
el guiñol fratricida
destejen y tejen.

Ocaso de Rojigualda.
Vetustos jirones cubren 
los nuevos títeres: 
Bicolor rojo,
Bicolor azul,
Merengue,
Mediterráneo negro,
Azulgrana.

Amanecer de Penélope.
Azul tiznado.
Rojo descolorido.
Naranja azulado.
Mediterráneo bermejo.
Merengue.
Estelada grotesca.
Morado resquebrajado.

¡Arcoíris de fantoches
que  deshilachan el verde!

 

Hisparpento

Propiedad de Zoraida Sánchez Mateos

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El camino hacia el Parnaso: El canon poético en el Siglo de Oro (I)

  El inventario y la clasificación de poetas auriseculares que manejamos hoy día no coincide con la jerarquía de autores que tenían en los del Siglo de Oro. Las creaciones poéticas de escritores famosos como Rodríguez de Ardila, Berrío Garay o Luis de Vargas son en la actualidad casi totalmente desconocidas y las de ingenios como Aldana o  Gutierre de Cetina (considerado un relevante poeta renacentista por la crítica moderna) pasaron desapercibidas en su tiempo (Carreira, 2001: 38). Conocer cómo se divulgó la poesía en la España de los Austrias resulta fundamental para poder comprender la formación y la evolución del canon poético en el Barroco.

    En una sociedad con altos índices de analfabetismo, la difusión oral  de la lírica debió ser la vía más practicada. No obstante, tanto la transmisión escrita como la impresa adquirieron un papel relevante y no excluyente, pues ambas poseían ventajas e inconvenientes.  La circulación de la poesía mediante manuscritos permitía a los autores ofrecer sus obras a través de un medio que era valorado por su singularidad y por estar “siempre en marcha” (Dadson, 2011: 16). Sin embargo, la  copia manual podía modificar el contenido o la estructura de los poemas e impedir su correcta atribución. Las múltiples referencias anónimas o falsas que se producían en los cancioneros o cartapacios hacen que la crítica  ponga en tela de juicio la autoría de muchas composiciones que, actualmente, se firman bajo el nombre de autores canonizados.

    La impresión de un poemario y la publicación de versos en pliegos de cordel tampoco garantizaban una correcta atribución y transmisión de las composiciones editadas, aunque permitía fijar los textos y alcanzar una mayor difusión. Los libros de poesía más frecuentes en las bibliotecas de España, entre 1600 y 1650, pertenecen a autores latinos (Virgilio y Ovidio) e italianos (Petrarca, Alciato, Lucano y Ariosto). A continuación, se hallan las creaciones de Juan de Mena, Alciato, Horacio y Lope de Vega (Díez, 2010: 124).  A pesar de la supremacía de los escritores latinos e italianos en las estanterías hispanas, tanto las obras de estos como las de los poetas españoles[1] más valorados (Hurtado de Mendoza, Juan de la Cuesta, Jáuregui, Herrera, los hermanos Argensola, Lope de Vega y  Góngora) se publicaron en el formato que se consideraba de prestigio: el cuarto (García, 2009).

    Generalmente, el octavo, el doceavo y el dieciseisavo se reservaron para las primeras ediciones de poetas “no clásicos” o para las reediciones. Por ello, las impresiones en tamaño de bolsillo fueron mucho más populares en el periodo aurisecular.  Quevedo utilizó este formato en 1631 para publicar las obras de  Fray Luis de León y de Francisco de la Torre. Su objetivo era combatir el ocultismo poético y conceptual de Góngora y de Herrera con la poesía cultivada por Garcilaso y heredada por el creador del Cantar de los Cantares: “contra los desmanes del ornato gongorino y la jerigoza circundante, la palabra esclarecida de Fray Luis de León hace las veces de antídoto reparador”  (Núñez, 2010: 200).

    El intenso debate que suscitaron los versos cultistas de  Góngora tuvo origen en la divulgación manuscrita del Polifemo y de la Primera Soledad  y abarcó más de medio siglo (1613- 1666). Los detractores del estilo elitista del genio cordobés  hallaron en la poesía de Quevedo a un  vástago de la lírica clasicista. La voluntad del poeta madrileño de reivindicarse como único heredero de Petrarca (intenta desplazar de la historia literaria a Boscán, Garcilaso, Herrera y Góngora) se manifiesta en obras como Heráclito. Este poemario renueva las ideas del petrarquismo: “[…] el Heráclito, como en los poemas finales del ciclo de Lisi, intentó usar motivos extraídos de la tradición petrarquista con una finalidad más moral que amorosa” (Navarrete, 1997:  299).

    El anhelo de Quevedo de alcanzar cuanto antes el Parnaso hizo que prepara una cuidada edición de su obra en verso, que fue llevada a imprenta por su sobrino pocos años después de su fallecimiento. Parnaso español (1648) logró un éxito comercial tan solo equiparable al obtenido por las Rimas de Lope de Vega. Las múltiples reediciones de sus primeros poemarios hicieron que se convirtiera en el único poeta del Siglo de Oro que fue canonizado en vida. Pero mientras que la prolífera producción impresa del Fénix cayó considerablemente tras la década de 1620, las ediciones de la lírica quevedesca alcanzaron altas cuotas de mercado hasta mediados del siglo XVIII.

 


[1]La mayoría de poetas españoles que hoy conforman el canon aurisecular no publicaron sus obras en vida. Rodríguez Moñino (1963: 20) señala la distancia temporal que existe entre su fallecimiento  y el año de impresión de sus poemarios: San Juan de la Cruz 1591 (1627-1628), Fernando de Herrera 1597 (1619), Lupercio Leonardo de Argensola 1613 (1634), Miguel de Cervantes 1616 (1916), Juan de Arguijo 1623 (1841), Luis de Góngora 1627 (1627, póstumas) y Francisco de Quevedo 1645 (1648).


 

Bibliografía citada

Carreira, Antonio (2001), “El manuscrito como transmisor de las humanidades en el  Siglo de Oro”, Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas , 6, 1-2, pp. 21-46.

Dadson, Trevor (2011), “La difusión de la poesía española impresa en el siglo XVII”, Bulletin hispanique, 113, 1,  pp. 13-42.

Díez, Ignacio (2010), “Compilar y desleír la poesía erótica de los Siglos de Oro: los cancioneros de Amancio Peratoner”, eHumanista, 15, pp. 302-320.

García, Ignacio, (2009), “Anexo”, Poesía y edición en el Siglo de Oro, Calambur, Madrid,  pp. 355-365.

Navarrete, Ignacio (1997), “Góngora, Quevedo y el fin del Petrarquismo en España”,  Los huérfanos de Petrarca: poesía y teoría en la España renacentista, Gredos, Madrid, pp. 254-307.

Rodríguez, Antonio (1968), “Transmisión de la obra poética suelta”, Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII, Castalia, Madrid, pp. 38.

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