Si te dicen que caí: Introducción a la novela de Juan Marsé

 

   En Si te dicen que caí (1973), Juan Marsé evoca la Barcelona de la guerra civil y de la dictadura franquista, donde se vislumbraban edificios en ruinas y sin agua potable, peatones malafeitados y de mirar torcido y niños hambrientos y enfermizos jugando descalzos en calles sin pavimentar. En este triste y sucio escenario (barrio de Guinardó), tanto vencedores como sometidos deberán afrontar las terribles consecuencias que, para cada uno de ellos, se derivaron del conflicto bélico.

     El realismo crítico-social[1] y las experimentales técnicas narrativas de los sesenta, permitirán al autor catalán mostrarnos el clima de pobreza, miedo,  incertidumbre y, sobre todo, represión que se vivió la ciudad condal durante más de tres décadas. La crudeza de las historias que el lector conoce a través de los múltiples y fragmentarios testimonios que aportan los pesonajes (mediante recuerdos personales, acontecimientos sociales y las “aventis”)[2] hizo que la primera edición de la obra tuviese que ser publicada en México.

                                      Los personajes: sometidos, vencedores y rebeldes

       Los personajes de la novela podemos dividirlos según la posición social e ideológica que adoptan  dentro del régimen. Por un lado, se hallan los sometidos, que  integran a la gran masa que, durante la guerra civil, se defendió contra los fascistas.  Su vida está marcada por la precariedad económica y el temor. Dicho grupo estaría constituido por los acogidos por la Casa de Familia, Ramona y los Kabileños. Estos últimos son descritos como: “Tiñosos y pendencieros, sin escuela, sin que nadie los controlara… peor que la peste, embusteros como el demonio. Sus ropas olían a pólvora quemada y a fogatas de verano, frecuentaban los refugios antiaéreos inundados de tierra y agua de lluvia, agujeros negros que aún no era tiempo de tapar o que la gente había olvidado”.

     Por otro lado, se hallarían los vencedores. Aunque pertencer al bando ganador les garantiza una posición social privilegiada, las secuelas físicas y psicológicas del conflicto les impide tener una  existencia satisfactoria. Es el caso de Conrado Galán, la baronesa y el Tuerto. Por último, se hallan los rebeldes, quienes (a pesar de haber sido dierrotados) siguen defendiendo su causa de forma activa.  La firme creencia de que pronto todo cambiará les lleva a realizar una serie de altercados para recoger dinero o  para ajustar cuentas con sus enemigos. Gracias a Palau, Miguel Bundó,  Luis Lage o Marcos Javaloyes,  conocemos la situación en la que se encontraba el anarquismo y el comunismo en España tras la posguerra y la realidad de los exiliados. Conforme avanza la trama, las diferencias que se crean entre ellos y la consolidación del franquismo los convertirán en: “Hombres de hierro, forjados en tantas batallas, llorando por los rincones de las tabernas como niños”.

      Si te dicen que caí  no es la única novela en la que Juan Marsé incluye personajes que combaten, apoyan o sobreviven a la dictadura franquista.. En  Ultimas tarde con Teresa (1966) o Un día volveré (1982) y Rabos de Lagartija (2000), el realismo crítico está muy presente, pues para él el escritor ha de tener una constante actitud de denuncia frente a la sociedad y emplear estructuras y técnicas narrativas innovadoras que pongan la palabra al servicio del recuerdo y que construyan voces que se complementan y se desmienten (Metaphora, 1994).

 

Bibliografía recomendada

  • Gabikagojeaskoa, Lurdes. (2011). Eran soñadores de  Eran soñadores de paraísos: Nostalgia y resistencia cultural en la obra de Juan Marsé (Otras Eutopías),  Biblioteca Nueva.
  • [Metaphora]. (1994). Guía de lectura de lectura de Si te dicen que caí, Plaza y Janés.
  • Kwuang-Lee, Kim. (2006). El cine y la novelística de Juan Marsé, Biblioteca Nueva.
  • Romea, Celia. (2005). Juan Marsé, su obra literaria, lectura recepción y posibilidades didácticas, Horsori.

[1] Escritores de la posguerra, como Juan Goytisolo o  Ignacio Aldecoa, declaran  que sus obras poseen una visión realista y crítica de ka España en la que les  ha tocado vivir.

[2]  «Aventi» es un apócope-diminutivo de aventura y describe narraciones improvisadas de historias inventadas.  El autor utiliza estas para que los personajes fantaseen con la realidad y creen sus propias versiones de los hechos, quedando él en un segundo plano.

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En nuestra guerra y paz

 

En nuestra guerra y paz,
tu osado y veloz caballo
derroca la sonrisa de mi reina
con rojizos espejos de sombras. 

En nuestra torre de marfil azul,
las edades del verso se tornan
inefables y las letras enmudecen
en incipientes páginas de miradas.

Cuando irrumpe el ocaso,
siempre, anhelo esculpir
con mis yemas de adelfa
tu exhalante busto de Adonis.

Cuando el alba se cansa,
siempre, deseo jugar otra
partida, donde nuestros
alfiles tracen un solo sendero.

 

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El origen del español: la romanización de Hispania

    La incorporación de la Península Ibérica al mundo político dominado por Roma se llevo a término entre el II a.c y el I d.c. La romanización lingüística tuvo en cuenta la naturaleza de los pueblos que se iban incorporando al Imperio. Sabemos que  fue completa en las zonas que ya eran más cultas a la llegada de los romanos (el Sur y el Este) y más superficial en las zonas más alejadas del Mediterráneo: el Centro y el Norte.

    La provincia Bética, urbana y culta, acogió  a romanos de mayor nivel social y cultural por lo que su latín fue más conservador y puro. La Tarraconense (habitada por soldados, colonos o comerciantes sur-itálicos) desarrolló un latín más «vulgar» y receptivo a las innovaciones. El latín de la región Bética ascendería por el Oeste y llegaría hasta las zonas galaicas, astures y cántabras, manteniendo el carácter conservador de esta. Por el contrario, el latín popular de la Tarraconense se difundiría por el Centro, donde al cabo de los siglos brotaría el romance castellano, que  tomaría elementos de ambas.

    La presencia del latín en España arranca de un período que no es aún la época «clásica» y en el que existen formas que desaparecerán o serán arrinconadas por el desarrollo posterior de la lengua latina. Es probable que ese carácter arcaizante se deba también a que Hispania era una zona «lateral» del Imperio. Ello explicaría las numerosas coincidencias, de orden léxico, sobre todo, entre los romances hispánicos, el rumano y la oposición con el francés y el italiano. Estos últimos heredan el latín central, que era más transgresor.

     Son bastantes los arcaísmos hispanos que se remontan a la época de la conquista romana (LABRUM > lebrillo) y las formas clásicas que pervivieron en la península y no  en el Centro del Imperio, que prefirió innovaciones más tardías: AUDIRE > oír o  MULTER > mujer. En España, se conservó el sistema ternario en los demostrativos, el antiguo pluscuamperfecto de indicativo y del futuro perfecto, si bien con notables desplazamientos de valor (amara, amare).

      De acuerdo con lo anterior, no podemos esperar demasiadas innovaciones peculiares en el latín de la Península Ibérica. En cambio, sí se citan neologismos léxicos en época imperial: CAPTARE > catar ‘ver’.  La lengua latina instalada en dicho  territorio  debió de presentar  particularidades notables como consecuencia de los diversos idiomas que se habían desarrollado en él previamente y del largo periodo de tiempo de difusión de estos y del latín  No obstante, era la misma lengua del resto del Imperio.

     La latinización de España fue, en líneas generales, completa. Esto no solo se muestra en la floración de autores latinos (Séneca o Marcial) o en la existencia de grandes focos de latinidad (Hispalis o Tarraco), sino también en  el hecho de que el latín era  la lengua empleada hasta en los escritos más humildes. Es de ese latín hablado por todos «vulgar» (frente a la modalidad literaria, que estaba más fijada), de donde surgieron las lenguas romances y, entre ellas, el castellano.

(Continuará en próximas entradas)

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

 

 

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Hisparpento: Trigedia en 6391 actos

 

Se abre el aguileño telón.
Cachiporras de Escarapela.
Amanecer verde.
Nubarrones grises.
Las arañas negras,
durante mil y una noches,
el guiñol fratricida
destejen y tejen.

Ocaso de Rojigualda.
Vetustos jirones cubren 
los nuevos títeres: 
Bicolor rojo,
Bicolor azul,
Merengue,
Mediterráneo negro,
Azulgrana.

Amanecer de Penélope.
Azul tiznado.
Rojo descolorido.
Naranja azulado.
Mediterráneo bermejo.
Merengue.
Estelada grotesca.
Morado resquebrajado.

¡Arcoíris de fantoches
que  deshilachan el verde!

 

Hisparpento

Propiedad de Zoraida Sánchez Mateos

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El camino hacia el Parnaso: El canon poético en el Siglo de Oro (I)

  El inventario y la clasificación de poetas auriseculares que manejamos hoy día no coincide con la jerarquía de autores que tenían en los del Siglo de Oro. Las creaciones poéticas de escritores famosos como Rodríguez de Ardila, Berrío Garay o Luis de Vargas son en la actualidad casi totalmente desconocidas y las de ingenios como Aldana o  Gutierre de Cetina (considerado un relevante poeta renacentista por la crítica moderna) pasaron desapercibidas en su tiempo (Carreira, 2001: 38). Conocer cómo se divulgó la poesía en la España de los Austrias resulta fundamental para poder comprender la formación y la evolución del canon poético en el Barroco.

    En una sociedad con altos índices de analfabetismo, la difusión oral  de la lírica debió ser la vía más practicada. No obstante, tanto la transmisión escrita como la impresa adquirieron un papel relevante y no excluyente, pues ambas poseían ventajas e inconvenientes.  La circulación de la poesía mediante manuscritos permitía a los autores ofrecer sus obras a través de un medio que era valorado por su singularidad y por estar “siempre en marcha” (Dadson, 2011: 16). Sin embargo, la  copia manual podía modificar el contenido o la estructura de los poemas e impedir su correcta atribución. Las múltiples referencias anónimas o falsas que se producían en los cancioneros o cartapacios hacen que la crítica  ponga en tela de juicio la autoría de muchas composiciones que, actualmente, se firman bajo el nombre de autores canonizados.

    La impresión de un poemario y la publicación de versos en pliegos de cordel tampoco garantizaban una correcta atribución y transmisión de las composiciones editadas, aunque permitía fijar los textos y alcanzar una mayor difusión. Los libros de poesía más frecuentes en las bibliotecas de España, entre 1600 y 1650, pertenecen a autores latinos (Virgilio y Ovidio) e italianos (Petrarca, Alciato, Lucano y Ariosto). A continuación, se hallan las creaciones de Juan de Mena, Alciato, Horacio y Lope de Vega (Díez, 2010: 124).  A pesar de la supremacía de los escritores latinos e italianos en las estanterías hispanas, tanto las obras de estos como las de los poetas españoles[1] más valorados (Hurtado de Mendoza, Juan de la Cuesta, Jáuregui, Herrera, los hermanos Argensola, Lope de Vega y  Góngora) se publicaron en el formato que se consideraba de prestigio: el cuarto (García, 2009).

    Generalmente, el octavo, el doceavo y el dieciseisavo se reservaron para las primeras ediciones de poetas “no clásicos” o para las reediciones. Por ello, las impresiones en tamaño de bolsillo fueron mucho más populares en el periodo aurisecular.  Quevedo utilizó este formato en 1631 para publicar las obras de  Fray Luis de León y de Francisco de la Torre. Su objetivo era combatir el ocultismo poético y conceptual de Góngora y de Herrera con la poesía cultivada por Garcilaso y heredada por el creador del Cantar de los Cantares: “contra los desmanes del ornato gongorino y la jerigoza circundante, la palabra esclarecida de Fray Luis de León hace las veces de antídoto reparador”  (Núñez, 2010: 200).

    El intenso debate que suscitaron los versos cultistas de  Góngora tuvo origen en la divulgación manuscrita del Polifemo y de la Primera Soledad  y abarcó más de medio siglo (1613- 1666). Los detractores del estilo elitista del genio cordobés  hallaron en la poesía de Quevedo a un  vástago de la lírica clasicista. La voluntad del poeta madrileño de reivindicarse como único heredero de Petrarca (intenta desplazar de la historia literaria a Boscán, Garcilaso, Herrera y Góngora) se manifiesta en obras como Heráclito. Este poemario renueva las ideas del petrarquismo: “[…] el Heráclito, como en los poemas finales del ciclo de Lisi, intentó usar motivos extraídos de la tradición petrarquista con una finalidad más moral que amorosa” (Navarrete, 1997:  299).

    El anhelo de Quevedo de alcanzar cuanto antes el Parnaso hizo que prepara una cuidada edición de su obra en verso, que fue llevada a imprenta por su sobrino pocos años después de su fallecimiento. Parnaso español (1648) logró un éxito comercial tan solo equiparable al obtenido por las Rimas de Lope de Vega. Las múltiples reediciones de sus primeros poemarios hicieron que se convirtiera en el único poeta del Siglo de Oro que fue canonizado en vida. Pero mientras que la prolífera producción impresa del Fénix cayó considerablemente tras la década de 1620, las ediciones de la lírica quevedesca alcanzaron altas cuotas de mercado hasta mediados del siglo XVIII.

 


[1]La mayoría de poetas españoles que hoy conforman el canon aurisecular no publicaron sus obras en vida. Rodríguez Moñino (1963: 20) señala la distancia temporal que existe entre su fallecimiento  y el año de impresión de sus poemarios: San Juan de la Cruz 1591 (1627-1628), Fernando de Herrera 1597 (1619), Lupercio Leonardo de Argensola 1613 (1634), Miguel de Cervantes 1616 (1916), Juan de Arguijo 1623 (1841), Luis de Góngora 1627 (1627, póstumas) y Francisco de Quevedo 1645 (1648).


 

Bibliografía citada

Carreira, Antonio (2001), “El manuscrito como transmisor de las humanidades en el  Siglo de Oro”, Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas , 6, 1-2, pp. 21-46.

Dadson, Trevor (2011), “La difusión de la poesía española impresa en el siglo XVII”, Bulletin hispanique, 113, 1,  pp. 13-42.

Díez, Ignacio (2010), “Compilar y desleír la poesía erótica de los Siglos de Oro: los cancioneros de Amancio Peratoner”, eHumanista, 15, pp. 302-320.

García, Ignacio, (2009), “Anexo”, Poesía y edición en el Siglo de Oro, Calambur, Madrid,  pp. 355-365.

Navarrete, Ignacio (1997), “Góngora, Quevedo y el fin del Petrarquismo en España”,  Los huérfanos de Petrarca: poesía y teoría en la España renacentista, Gredos, Madrid, pp. 254-307.

Rodríguez, Antonio (1968), “Transmisión de la obra poética suelta”, Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII, Castalia, Madrid, pp. 38.

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No hay primavera

 

No hay primavera.

Aunque llueva en tus raíces
y el sol te bañe,
tus hojas solo caen.

No hay primavera.

El antifaz de tu sonrisa,
antes de brotar, se resquebrajó.

No hay primavera.

Deambulas en la omnipresente
noche de Tántalo.

No hay primavera.

Te ahogas en tu sal,
mientras te camuflas
en el túnel de tus sábanas.

No hay primavera.

El corazón de ceniza
te tiñe de cangrena.

No hay primavera.

Tu alarido se tatúa
en mis retinas bermejas.

No hay primavera.

El verdugo de tu sombra
se convierte en ocupa
de mi esquivo reflejo.

No hay primavera.

Siento pavor de ver
tus espumosas cicatrices
en el espejo de mis ojos.

No hay primavera.

 

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Copyright: Zoraida Sánchez Mateos

 

 

 

 

 

 

 

 

De: Zoraida Sánchez

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La historia del español: la Hispania prerromana

 La situación lingüística de la Hispania prerromana

El latín fue en la Península Ibérica una lengua trasplantada por obra de los conquistadores romanos. La latinización de Hispania, paralela a su romanización política y cultural, comienza en el 218 a.c. Poseemos un conocimiento bastante aproximado acerca de la primitiva población peninsular. A grandes rasgos, podemos afirmar que la Península presentaba dos zonas más o menos compactas a la llegada de los romanos: 

  • La zona ibérica: Poseía una cultura elevada que comprendía toda la franja del Sureste, desde Andalucía Oriental hasta Valencia y Cataluña.  Su origen está muy discutido así como también la lengua o variedad de lenguas de la misma familia que empleaban. 
  • La zona de tipo indoeuropeo: Se  extendía por el Centro y Noroéste de la Península y en ella habría que diferenciar una capa no-céltica (más primitiva, arrinconada hacia el Norte y Oeste de la Península) y otra posterior céltica, desarrollada en toda la zona central y occidental del Norte del Guadiana y, sobre todo, del Tajo. Los celtas del borde oriental de la Meseta, muy relacionados con la cultura ibérica, son los que recibieron la denominación de celtíberos.

  Con el primer grupo de pobladores indoeuropeos no célticos (1000 a.c.) podrían relacionarse los cántabros, astures, gallegos o lusitanos. Salvo nombres de lugar, nada sabemos de las lenguas de estos pueblos. Los otros grupos lingüísticos son mucho más variados; casi todos, de origen ignoto, y muchos de ellos sin ninguna muestra lingüística conocida. El más importante es el vasco, que  parece que era propio no sólo de los vascones sino también de otros pueblos más occidentales. Hoy ya no se admite que el vasco sea una lengua ibérica, pero sí son evidentes muchos rasgos comunes entre ambos grupos. Esto podría deberse a una base común primitiva a la que se añadieron elementos posteriores muy diferentes. Por otra parte, la presencia céltica fue también importante en la zona vasca, aunque  sólo en nombres de lugar o persona.

      Por úl timo, no hay que olvidar las colonias establecidas en las costas del Sur y en Levante. Las más antiguas son las fenicias, en general factorías comerciales; del mismo tipo lingüístico, aunque ya de carácter militar, son los enclaves púnicos o cartagineses.  Por último, las colonias griegas que se fueron estableciendo por diferentes ciudades. Unas y otras podían entremezclarse, aunque los griegos fueron los únicos en fundar poblaciones en la costa mediterránea más al Norte (Valencia y Cataluña).

La herencia de las lenguas prerromanas

         El conocimiento de la situación lingüística prelatina en la Península tiene para nosotros un interés relativo. Ninguna de estas lenguas, con excepción del vasco, sobrevivió al Imperio Romano, por lo que su influjo en la formación del castellano no puede ser más que indirecto. La imagen más extendida es que los romanos invasores (soldados, comerciantes, etc.) impusieron el latín a todos los hispanos. Tras una larga etapa de bilingüismo, suficiente para que penetraran en el habla latina triunfante al final muchos de esos rasgos primitivos (responsables de la ruptura del latín, de su evolución, y de la existencia de determinados procesos de cambio en el romance hispánico), nos hallamos  con el  llamando sustrato.

      En la larga implantación del latín hay que tener en cuenta la mayor o menor prontitud con que las distintas zonas se integran en el mundo romano; también es importante el tipo de latín que se difunde y  el nivel social y cultural de las poblaciones romanizadas. La latinización fue mucho más intensa en las provincias que tenían un grado alto o aceptable de cultura, mientras que sería sólo superficial en las más incultas. La pervivencia de los elementos prerromanos parece garantizada por el hecho de que los romanos realizaron la división administrativa de Hispanía, respetando las fronteras étnicas existentes. Es posible que así se transformaran las diferencias lingüísticas primitivas en las diferencias dialectales dentro del latín adquirido.

(Continuará en próximas entradas)

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

 

 

 

 

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Cuando mi sangre de hembra

 

Cuando mi sangre de hembra
bulle en los baños de grafiti,
mis dedos de violinista
buscan dentro de mí tu oasis
al ritmo de la sonata de Kreutzer.

Un aullido tiñe el ocaso.

Cuando la luna bermeja cae,
nuestro espejo de carmín  
se torna un río amargo
por no volver a esbozar
tu frondosa sonrisa de rama.

Otro aullido más arrojo al alba.

Cuando los nidos de las antenas
se estremecen en las sombras,
trazo en mi mente las cuerdas
de tu tronco de dulce ébano
y con mis dientes las tenso.

Un dúo de aullidos estalla.

 

 

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Propiedad de: Zoraida Sánchez Mateos

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Microrrelatos 3.0

 

***

Cuando esa rueda de desgastado plomo crujió sobre mi jovial e impulsivo esternón, me di cuenta que había vivido tres vidas sombrías: la de mi eterno Instagram, la de mi arlequín de Youtube  y la de mi fogosa vecina.

 ***

Mientras los enmascarados Goliats esculpían la fratricida Historia del hombre en las almenas del mundo, yo, un David enmascarado (curtido en mil demos), agotaba mis quince segundos de bonus de descanso en el trabajo quejándome del grasiento bocadillo de pétreos calamares que, dos minutos después, hacia diana en la liliputiense papelera de plástico.

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Nuevos roles de feminidad en la poesía festiva del Bajo Barroco

         

        El carácter subversivo que caracteriza a la poesía festiva promueve en el siglo XVII la progresiva ruptura con el ideal neoplatónico de feminidad y abre paso a un imaginario más realista y activo. Conforme avanza la centuria, las contemplativas y hermosas damas petrarquistas se sustituyen por mujeres  que ponen de manifiesto sus inquietudes y defectos. A través de los jocosos versos de José Pérez de Montoro, Juan de Ibaso, Antonio de Solís o León Marchante  se intenta divertir y sorprender al público con picantes y audaces retratos femeninos. El siguiente soneto, atribuido a Damián Cornejo, es una muestra de este cambio:

Esta mañana, en Dios y en hora buena,
salí de casa y víneme al mercado.
Vi un ojo negro, al parecer rasgado,
blanca la frente y rubia la melena.
   Llegué y le dije: «Gloria de mi pena
muerto me tiene vivo tu cuidado.
Vuélveme el alma, pues me la has robado
con ese encanto de áspid o sirena”.
   Pasó, pasé; miró, miré; vio y vila
Dio muestras de querer. Hice otro tanto.
Guiñó, guiñé; tosió, tosí; seguila.
   Fuese a su casa, y sin quitarse el manto,
 alzó, llegué, toqué, besé, cubrila,
 dejé mi dinero y fuime como un santo.

(Díez, 2003: 220)

           No obstante, no hay que olvidar que hubo un número considerable de escritoras que cultivaron la poesía (sacra y profana) en el seiscientos[1] y cuyas creaciones aportan una visión complementaria a la ya ofrecida. Adrianne Martín (2008) pone de manifiesto que el verso festivo escrito por mujeres comparte muchísimos temas con el de poetas varones: la mofa de ciertos tipos, características, deformaciones físicas o circunstancias particulares, retratos burlescos y la parodia del amor cortés y del petrarquismo. Sin embargo, se aleja de asuntos escatológicos o sexuales en las que estas son denigradas y se adentra en otros como la maternidad[2], la burla de las ocupaciones y de los roles tradicionales, la moda o la dureza de la vida conventual[3].  

      A partir del interesante y detallado análisis que realiza la investigadora norteamericana de los poemas jocosos de Catalina Ramírez de Guzmán y de Sor Marcela de San Félix, puede verse cómo a mediados del barroco se corrigen cómicamente las limitaciones culturales que les eran impuestas a las mujeres y cómo muchas se intentaban abrir paso en la historiografía literaria. Por ello, es importante seguir ahondando en sus creaciones y estudiar las de otras autoras de este periodo menos conocidas como Ana Abarca de Bolea o Sor Gregoria Francisca de Santa Teresa.

         La renovación de la imagen femenina que intentaban promover las poetas se ve favorecida por los cambios que sufre el lenguaje lírico en la segunda mitad del siglo XVII. Composiciones jocosas como “Habiendo enviado Celio a Clori un conejo muerto y dentro unos guantes de quintas esencias con un hueso, diciendo era pistola, para que tirase; ella le envió un rosario de avellanas vanas, unos guantes de alcorza y un corazón pintado en un abano de papel con estos versos […]”, de Pérez de Montoro (1736: 224), ya no buscan idealizar o burlar a la dama. Esta comienza a adquirir autonomía y a manifestar capacidades sociales, intelectuales y literarias.

          El cambio hacia un modelo de mujer más igualitario estuvo muy vinculado a su inclusión en los salones ilustrados. Estos sustituyeron a las academias humanistas y barrocas y promovieron la práctica de nuevas formas de interacción entre hombres y mujeres, que quedaron plasmadas en la poesía que sentó los cimientos de las siguientes generaciones. Las Obras poéticas líricas de Gerardo Lobo (1738) son un valioso testimonio de cómo la inclusión del género femenino en el espacio público hizo que este participara en prácticas académicas informales y «en juegos de cortes(an)ía cómo los denominados filis, dengue o chichisbeo» (Ruíz, 2014: 502).


[1] Ana Navarro (1989) elabora una rica antología poética de escritoras de los Siglos de Oro. En ella, aparecen poemas de conocidas poetisas  (Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz y María de Zayas) y de otras autoras de menor renombre como  Violante de Ceo, Catalina Ramírez de Guzmán, Ana Barca de Bolea, Sor Gregoria Francisca de Santa Teresa, Marcia Belisarda o Hipólita de Narváez.

[2] El embarazo, encubierto por los poetas jocosos por representar las consecuencias de la lascivia femenina, adquiere un nuevo enfoque en el romance “Periquillo el de Valencia” de Catalina Ramírez de Guzmán. Adrianne Martín analiza cómo la poeta extremeña muestra y enfatiza los aspectos físicos y emotivos de la maternidad y del parto y cómo plantea, en tono cómico, la estimación superior que se concedía a los bebés varones en la época (2008: 253).

[3] Mientras que en la poesía festiva escrita por hombres las monjas son un foco de deseo o de burlas masculinas, poemas como “A la miseria de las provisoras”, de Sor Marcela de San Félix, desvelan la escasez de comida en los conventos y retratan cómo era  la vida cotidiana en estos  (Martín, 2008: 265).


Bibliografía

Díez, Ignacio (2003): La poesía erótica de los Siglos de Oro, Madrid, Ediciones del Laberint.

Martín, adrienne (2008): «La poesía burlesca femenina y la revisión del canon» en Pedro  Ruíz (ed.), Cánones críticos en la poesía de los Siglos de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo (247-267).

Navarro, Ana (ed.) (1989): Antología poética de escritoras de los siglos xvi y xvii, Madrid, Castalia.

Ruiz, Pedro (2014), «De Solís a Lobo: la mujer en la poesía bajobarroca», en Adrianne Martin, Perspectives on Early Modern Women in Iberia and the Americas. Studies in Law, Society, Art and Literature in honor of Anne. J. Cruz, Nueva York,  Escribana Books (486-505).

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