Los ojos de ella (microrrelato)

Los ojos de ella

 

        Llevaba años dormida en las sombras. Sus vetustos iris permanecían cerrados. No entre las verdes vides, como cuando era niña y jugaba en ellas al escondite, sino frente al ahumado muro de la fábrica. Su voz tampoco era la misma que competía entonces con el petirrojo, defensor vivaz del pétreo camino del arroyo. El único murmullo que ahora oía era el del mar de coches que ahogaban la Gran vía. La primera vez que la vislumbró sus pupilas se tiñeron de pavor, se inundaron de recuerdos. Acaba de dejar atrás las callejuelas donde retumbaban las campanas al alba, la fresca fuente de la plaza y el aroma a pan y a leña que se apoderaba cada mañana de su ventana. Lo que al principio parecía un traslado temporal, para juntar cuatro perras y poder darle la alternativa a la mula Canela, se convirtió en un exilio de más de cincuenta años.

     Cuando conocí a Jimena, me sorprendió que, a pesar de no haber vuelto a pisar su remota aldea, las brumas del tiempo no se habían apoderado de su memoria ni de sus joviales sueños. Acostumbrada a trabajar con niños, veía en su arrugada mirada, normalmente gris, el color de la cándida sorpresa y la luz de una ilusión alcanzada cuando evocaba su añorada tierra. Trazaba cada tarde ante mí el detallado lienzo de los rincones que recorría con Chispitas, las temidas leyendas del lindero del bosque y las entrañables rutinas de sus estimados vecinos. Revelaba con picardía las pillerías que acometía los días de mercado, las aventuras que inventó junto a Juanita en los torreones del castillo y sus coqueteos con José El chato en la romería de septiembre. Todo ese mundo me parecía tan fascinante y distante de la enclaustrada existencia que llevaba en la yerma urbe que deseé hacerlo también mío.

     Tras varias horas de tren y una complicada y larga ascensión en autobús, llegué a aquel entrañable paraje, rodeado de viñas y coronado por la imponente iglesia, que conocía casi al dedillo sin haberlo nunca pisado. Emocionada, atravesé el puente romano y descendí por un frondoso lindero hacia el arroyo. Tendida sobre la hierba, cerré plácidamente los ojos e inhalé naturaleza. Parecía escuchar las lejanas risas de Jimena al corretear descalza por la fragante orilla y chapotear en la gélida agua para animar a su hermano Toñito a unirse a sus juegos. Con los dedos aferrados a la húmeda tierra, intenté identificar cada uno de los sonidos y de los aromas que me embriagaban y que, una y otra vez, sus tiernas palabras en mí habían evocado.

     Qué distinta hubiera sido mi infancia si hubiera sustituido mi diminuta terraza por aquel infinito y animado jardín. Armada con mi polaroid, intenté inmortalizarlo todo. La imagen de Chispitas olisqueando el rastro que dejaba el puchero de tía Carmen me condujo hasta la calle principal, donde esperaba encontrar algún puesto que conservara todavía aquellos dulces que, según Jimena, hacían caer en la gula hasta al más santo. Me hice con una caja y continué mi aventura hasta la Plaza Mayor. No era día mercado, pero sin esfuerzo podía recrear a doña Rafaela gritando que sus gallinas ponían los mejores huevos y a don Justo, con su cabra Tomasa, intentando cambiar sus sabrosos quesos por un botijo de buen vino.

     Eran casi las once, el párroco don Miguel no tardaría en darle las últimas indicaciones a sus traviesos y cantores monaguillos y las mozas estarían ultimando de acicalarse para atraer, tras la misa, la atención de sus futuros gallos. Desafortunadamente, ese ritual de fe y cortejo había quedado encapsulado en otro tiempo. En el pórtico apuntalado solo había tres ancianas y un viejo labriego y el singular retablo que cubría el altar no estaba abarrotado con las flores que recogía doña Angustias. 

    Antes de conquistar las almenas del castillo, quise explorar la casita de Jimena. Sus puertas, como las de muchos otros hogares del pueblo, ya no permanecían abiertas. Aún así, no me resultó difícil imaginar en su umbral a las vecinas tejiendo entre chismes o relatando en las noches de verano a los ojipláticos niños la temible historia de la llorona del bosque. Sí que pude vislumbrar, junto a la selva de matojos que poblaban su huerto, el cántaro del agua y el capazo de la leña, que debía rellenar todas las tardes con la ayuda de Toñito. De la pequeña cuadra, donde convivían la desdentada Canela con las juguetonas gallinas, únicamente quedaban los vestigios del tiempo.

      Cuando regresé a la dantesca y hercúlea ciudad, con la mochila llena de dulces, viandas y recuerdos que añadir a los previos a mi partida, entendí que no solo debían pertenecernos a mí y a Jimena. Ese orgasmo de naturaleza, historia y vida debían conocerlo también mis liliputienses alumnos. Junto a ellos, preparé una divertida exposición con las fotografías que había tomado e invitamos a su protagonista. Aquellos ojos que hacía años que vivían sumergidos en la oscuridad, iluminados solo por los retazos de su acogedora aldea, se inundaron de brillantes lágrimas. Habían vuelto a saborear los frutos de la tierra mezclados con las afectuosas manos de la experiencia, habían vuelto a escuchar los ecos de sus intrépidos vecinos y, sobre todo, habían desterrado el miedo al olvido.

 

BY: Zoraida Sánchez

 

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Acerca de Zoraida

Ha realizado el Grado en Lengua y Literatura española (UAB) y el Máster de estudios filológicos superiores (UVA). Además, cuenta con dos posgrados: "Experto en Humanidades Digitales" (UNED) y "Diseño y gestión de proyectos elearning" (UOC). En la actualidad, cursa el doctorado de Español: Lingüística, Literatura y Comunicación en la Universidad de Valladolid. Gran parte del contenido del blog es de autoría propia y, por tanto, los derechos de propiedad intelectual de su contenido y de sus imágenes están reservados exclusimavente a su creadora. Los diversos elementos que conforman las entradas solo se podrá compartir reconociendo sus derechos morales y sin obtener ningún tipo de beneficio económico por ello.
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