Serpientes de fuego

    Risas imberbes se desvanecían, fugazmente, por la sombría y silenciosa acera. La nicotina, todavía ardiente, había atravesado la rendija del vetusto cristal y, como una anaconda ante su presa, atrapó los floridos cortinajes bordados a mano. La veterana hilandera yacía risueña con Morfeo, mientras las ascuas devoraban con rapidez los exuberantes tallos de tela. Con cada bocado, su vigor y su hambre crecían. Insaciables, treparon hacía su primera víctima.

      Las joviales plumas de Pity comenzaban a tiznarse, cuando su adormecido cuerpo se estremeció. Sus bronquios habían percibido el olor de la Muerte. Durante ciento veintidós segundos, batió con fiereza sus pequeñas alas. Deseaba alejar el veneno que, poco a poco, le embriagaba. En breve, pretenciosas y avivadas llamas serpentearon por su pequeña morada. Disfrutaban viendo cómo, centímetro a centímetro, lo acorralaban. Sintiendo la hoguera en su espalda, sus diminutas garras se aferraron a los incandescentes barrotes.

      En los desgastados tímpanos de su dueña, entremezclado con el voraz crepitar, resonó entonces su agónico canto, Sus párpados se entreabrieron en el eterno instante en el que su fiel amigo se convirtió en un perecedero fénix. “¡Pity!”. Las serpientes de fuego, alertadas por el ahogado alarido, clavaron sus ojos en ella. Intentó mover sus piernas, pero hacía años que no le respondían. Su pecho, en cambio, estallaba en bruscos movimientos para liberarse del humo que lo aprisionaba. Los resultados de tal ardua batalla quedaron reflejados en la desdentada boca, cubierta de sangre y cenizas.

      Sabía que era la única espectadora de aquella dantesca función, cuya traca final estaba próxima. Faltaban escasos minutos para que sus sabanas se convirtieran en olas de brasas. Un helado torrente brotó de su cara, de sus manos, de su espalda al imaginar qué sentiría en el momento en el que sus tejidos y su pelo se chamuscaran. Su única salvación era pulsar la medalla, que colgaba de su frágil cuello. Los temblorosos dedos, posados sobre sus mordidos labios, debían alcanzar el escurridizo botón. Descendieron por su garganta al ritmo que las llamas se apoderaban del pie de su cama.

       Ya casi podía sentir en sus huellas el gélido plástico. Pero este huyó al iniciarse de nuevo la guerra contra la tos. Justo antes de caer derrotada, lo agarró. Tres segundos después, oyó unos largos y estridentes pitidos  Pi, pi, pi…. “Señora Ana, buenas noches. Soy Carmen, la teleasistenta,  ¿Cómo se encuentra? ¿Señora Ana? ¿Ha llamado por error?”.

 

by: Zoraida Sánchez

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Acerca de Zoraida

Ha realizado el Grado en Lengua y Literatura española (UAB) y el Máster de estudios filológicos superiores (UVA). Además, cuenta con dos posgrados: "Experto en Humanidades Digitales" (UNED) y "Diseño y gestión de proyectos elearning" (UOC). En la actualidad, cursa el doctorado de Español: Lingüística, Literatura y Comunicación en la Universidad de Valladolid. Gran parte del contenido del blog es de autoría propia y, por tanto, los derechos de propiedad intelectual de su contenido y de sus imágenes están reservados exclusimavente a su creadora. Los diversos elementos que conforman las entradas solo se podrá compartir reconociendo sus derechos morales y sin obtener ningún tipo de beneficio económico por ello.
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