Ficcionalizando mi vida (I)

                                                        

                                                     La revancha

 

     El azufre del púrpureo bulbo ahogaba mis pupilas cuando la afiliada hoja de acero atravesó mi uña, atravesó mi carne. Instintivamente, inundé mis labios con las gotas carmesíes y mis papilas gustativas reconocieron al instante su sabor a pechuga cruda. El recuerdo de mi piel de jazmín cubierta de granate y de mis bronquios de liliput asfixiados por su metálico olor activó mis lóbulos temporales.
      En el cristal del baño de marfil, se reflejaban los inertes ojos de una muñeca viva que observaba la cruel danza de la araña hacia el despistado mosquito del fluorescente. El vaivén de la negra viuda contrastaba con la salvaje lucha de sus fosas nasales para no ser derrotadas, una noche más, por la presión del tercer papel arrancado. Este deja vu terminó en el instante en que algo de color azul derrocó la dictadura cromática del blanco y del rojo. La rama que había crujido en su verde tronco deseó dejar en su peor enemigo un anticipo de su triunfo.
      Se despertó para ir al colegio y notó que algo descendía como un tímido riachuelo por su grumosa y coagulada laringe. Recordó la frase que siempre le decía su abuela “no manches la ropa con sangre porque es muy difícil de quitar”. Aunque jadeaba, se incorporó de su fantasmal lecho y sintió cómo su estómago de princesa reproducía en un espacio cerrado la onda de Hiroshima. Bermejos ríos brotaron de sus dientes sobre el claro mármol. Durante unos segundos, contempló la tenaz batalla de colores que había creado y emuló a la Gioconda al ver que su camisón de Blanca Nieves permanecía impoluto. El alarido de su madrastra detuvo con fervor sus sombríos iris.
      56 kilómetros en coche hasta el hospital, 30 minutos en los que reinó el silencio. En ellos, su helada mente hirvió en palabras. ¿Aquel sería su último viaje? ¿Había aprovechado sus ochos años, seis meses y 15 horas de vida? No tenía miedo a la Muerte. La había visto trepar lentamente por la serena cara de una mujer sin dientes, que anotaba en su diario sus torpes pasos de tortuga. Una fría mano se posó en mi hombro y su desgastada voz me devolvió al presente “¡ten cuidado que vas a mancharte la camisa!”. Un hilito de líquidas termitas cabalgaba, velozmente, hacia mi manga de nieve. En seco, frenaron su diabólico trayecto. El papel había iniciado su revancha.

 

De: Zoraida Sánchez

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Acerca de Zoraida

Posee el doctorado en "Español: Lingüística, Literatura y Comunicación" de la Universidad de Valladolid. Ha realizado el Grado en Lengua y Literatura española (UAB) y el Máster de estudios filológicos superiores (UVA). Además, cuenta con dos posgrados: "Experto en Humanidades Digitales" (UNED) y "Diseño y gestión de proyectos elearning" (UOC). Gran parte del contenido del blog es de autoría propia y, por tanto, los derechos de propiedad intelectual de su contenido y de sus imágenes están reservados exclusivamente a su creadora. Los diversos elementos que conforman las entradas solo se podrá compartir reconociendo sus derechos morales y sin obtener ningún tipo de beneficio económico por ello.
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6 respuestas a Ficcionalizando mi vida (I)

  1. Me deja sin palabras y por más que trate de evocar alguna no alcanzaría a halagar suficiente éste escrito.

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  2. Sí, cierto, en guiones se hablaba de al menos tres experiencias tan relevantes que marcaban la personalidad, algo así como un XYZ.

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