Te llevaste mi otoño

 

 

Te llevaste mi otoño,
pero me perdí en tu invierno.
Pusiste puertas al cielo.

Los recuerdos de nuestro abril
 se deshicieron, velozmente,
como lágrimas en la lluvia.

Te lloré hasta dejarte verano.
Y, bañada en tu ausencia,
le grité los secretos
de tu nombre al viento.

En su eco eterno, recordaré
embriagada que  los hombres
 son hombres y que los sueños
solo duran una noche.

 

De: Zoraida Sánchez

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El origen del español: El castellano en la Edad Media (I)

La evolución del castellano medieval 

   La historia del castellano, desde su aparición en los textos de los siglos XII y XIII, se nos muestra como una continua expansión. Por un lado, hay una expansión interna: se convierte en la lengua «propia» de Castilla en todas sus manifestaciones escritas, quedando el latín restringido al ámbito litúrgico y a ciertas actividades intelectuales. Esto obliga al desarrollo de un idioma que en épocas anteriores sólo servía para las necesidades prácticas de la comunicación inmediata.

  El «desarrollo» del castellano adquiere así una doble vertiente: la historia literaria (con sus procedimientos expresivos,  estilos más personales y  géneros de textos  más variados) y la propia lengua (sus hablantes tienen la necesidad, de expresar en ella, nuevos contenidos, de más alto nivel de abstracción o de sutileza significativa). Por otro, hay una expansión externa, que es consecuencia de fenómenos políticos: la conquista de territorios gobernados por los musulmanes “Reconquista”, la unión definitiva con León y la penetración castellana en Aragón.

  El castellano lengua “oficial” y de cultura

  Durante el siglo XIII, el castellano se convirtió en la única lengua empleada por la Cancillería Real. Es decir, era el idioma utilizado en todos los textos de carácter jurídico y normativo. En este aspecto, fue por delante de otros romances. Testimonio de tal avance es el Fuero Real.   Más importante aún si cabe es el ascenso del castellano al rango de lengua de cultura digna de expresar contenidos elevados. Varios son los caminos que llevaron a ese resultado.

   En primer lugar, el castellano se hace lengua literaria en la poesía épica de transmisión oral. Pese a que sólo pervive un poema completo El cantar de Mio Cid y algún fragmento de Roncesvalles y varias refundiciones de otros hay datos suficientes para afirmar que la tradición épica castellana se remonta al menos al año 1000.  Otra tradición, esta de origen culto y clerical, venía utilizando el castellano como vehículo de expresión. A ella pertenecen poemas sacros (Vida de Santa María Egipcíaca) y profanos (Razón de Amor), las composiciones  de Gonzalo de Berceo o los Libros de Apolonio y Alexandre. Sus autores tienen ya clara conciencia de dominio de una técnica literaria y su contribución fue inmensa al proporcionar gran parte del vocabulario culto primitivo.

   En segundo lugar, las traducciones fueron elemento básico en el proceso de ”abrir” el castellano a nuevos contenidos y dotarle de la suficiente capacidad lingüística para expresarlos. La actividad traductora en España se remonta al siglo. X, pero su  centro fundamental lo constituyó Toledo desde los tiempos del arzobispo Don Raimundo (1126-1152), impulsor de la llamada “Escuela de Traductores”. La actividad del Rey Sabio fue decisiva, no sólo por el número e importancia de obras traducidas, sino por el cuidado que aplicaba a esta labor. 

   Las mayoría de obras traducidas pertenecen, a la tradición semítica. Hallamos versiones de la Biblia, tanto del hebreo como de la Vulgata latina, y traducciones de la literatura didáctica oriental: Libro de los doze sabios También de intención didáctica, aunque con estructura muy distinta, son diversas colecciones de eixemplos cuya fuente suele estar en la India (Calila e Digna). Contra lo que podría esperarse, el influjo lingüístico árabe o semítico no fue muy elevado debido a la voluntad de construir una sintaxis propia del castellano, no imitada mecánicamente. Algo parecido ocurrió en el léxico. El número de ‘préstamos’ directos del árabe es, en proporción, reducido en estas obras; sólo en las traducciones «técnicas» aumentan, aunque suele dárseles equivalencia latina o romance:  Es mucho más habitual el “calco semántico” mediante la derivación o composición.

    En tercer lugar, la prosa histórica fue otro de los géneros en que se puso a prueba la nueva lengua castellana. Hasta mediados del XIII la historia se escribía en latín, pero también aquí el impulso de Alfonso X fue decisivo. Bajo su égida, se iniciaron dos grandes compilaciones: la Estoria de España  y  General Estoria. En el léxico de estos textos no sólo son de resaltar el ‘calco semántico’, la creación de palabras por derivación o la entrada de ‘cultismos’, arabismos y léxico de otros orígenes, sino también el deseo de que estos sean  fáciles de utilizar. Suele decirse que el castellano literario se constituyó sobre la lengua de Toledo, donde se fundieron diversas variantes internas, y que esta fue la utilizada como ‘lengua culta’.

 

Continuará en la próxima entrada

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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La ciudad sin sueño

 

  Nadie duerme en el sinuoso
reino de la Manzana.
Cuando el grito desvela
cómo el cielo se desangra,
las Venus oxigenadas,
sin tacones de cristal
y con risueñas máscaras
de hueca y cegadora plata,
se convierten en princesas
de una noche estrellada.

    Embutidas en hormigas
de latón, veloces cabalgan
hasta los dionisiacos Apolos.
Sus sonrisas de cartón morado
alimentan a los tristes gusanos
de sus diminutas sienes rosadas.
Dejan atrás el mar de calaveras
de los olvidados teatros azules,
donde las mudas lechuzas,
a diario, se quitan el cráneo.

    Nadie sueña entre las olas
de luciérnagas metalizadas.
Cuando Cronos devora
rítmicamente a sus neonatos,
todos se mecen con las notas
embriagadas en plástico blanco
y orinan en las raíces mutiladas
por el vetusto e inmundo asfalto,
creando un eterno y dantesco
jardín de lascivas sombras.

    Arrinconadas, sus verdes
almas en espiral revolotean
bajo las débiles pinceladas
de los vómitos de la luna,
que cubren el cementerio
de crisálidas ahumadas
y esbozan las frágiles siluetas
de los perdidos en los relojes
blandos de la memoria.

   Nadie duerme cuando
los canes moribundos cantan
sonatas en la fría arena,
anhelando el embriagante
perfume de frituras baratas
que deja el hambriento alba;
agrio testigo del insomnio
que, una noche más, pudre
el corazón de los que a ciegas
por sus redes de aceras vagan.

 

De: Zoraida Sánchez Mateos

 

 

 

 

 

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Tu sonrisa, como la de todos los hombres, tiene nombre de mujer

 

 

Si pudiera deshojar tus iris,
desvelaría que tu sonrisa,
como las de todos los hombres,
tiene nombre de mujer.

Y en cada pétalo hallaría
las invisibles huellas
de tus frondosas raíces
en mi monte de Venus.

Si pudieras deshilar mi pelo,
revelarías el laberinto
de mis sueños y la cuerda
que trazaste hasta ellos.

Y en cada hebra toparías
una sombra, una luz,
un nudo y una flor que
germina sobre una rama rota.

Si pudiéramos deshacer
las espinas que crucifican
nuestros labios, tus pupilas
florecerían en mi boca.

Y, en cada alba, volverían
las alondras a entonar,
sobre mi vientre verde
,
el inefable canto de Eros.

 

 

 

De: Zoraida Sánchez

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El romance en Al-andalus: el origen del español

  

   La rápida conquista de la Península Ibérica (Al-Andalus) por parte de los musulmanes  impuso  el árabe como lengua oficial y de cultura en gran parte de este territorio [1], creando con ello una sociedad bilingüe árabo-románica [2] desde el siglo VIII hasta el  XI o XII. En esa habla románica se continuaba el latín, aunque  este era sólo una lengua para el coloquio, carente de cualquier normalización y fragmentada en formas diversas. 

   El conocimiento de la lengua románica de Al-Andalus choca con grandes dificultades. Por un lado, ni siquiera podemos nombrarla con un término específico. El más habitual es mozárabe, pero esta palabra tenía una aplicación socioreligiosa. También se utiliza la denominación genérica “aljamía”, que para los árabes significabalengua de extranjeros”. Parece que estos tuvieron plena conciencia de que el latín y el romance constituían ya dos realidades lingüísticas bien diferenciadas. Por otro, nuestro conocimiento del mozárabe se limita, en buena parte, al léxico. Por medio de él podemos muchas veces reconstruir su fonética; muy poco, en cambio, conocemos de otros planos de la lengua. 

   A esto hay que añadir que casi todos los elementos mozárabes nos han sido transmitidos por los árabes como formas extranjeras en grafía arábiga o como romanismos que el árabe hispano había asimilado y luego transmitió a castellanos, portugueses o catalanes,  lo que dificulta mucho la interpretación de esos datos. Mozarabismos o romanismos son los que nos ofrecen desde el siglo X al XV los tratados árabes de medicina o botánica. Son fundamentales, además, los Libros de Repartimiento, que los conquistadores empiezan a confeccionar desde el siglo XIII con el objeto de inventariar las posesiones de los musulmanes.

     A través del mozárabe,  nos ha llegado la toponimia andalusí de origen latino: en unos casos sólo han intervenido cambios lingüísticos de origen árabe (HISPALIS > lsbiliya > Sevilla), pero en otros muchos las alteraciones corresponden a la evolución fonética mozárabe (ÓNUBA > Huelva). También nos ha llegado términos de alimentación (gazpacho o guisante) y nombres de peces (jurel o pargo) y de recipientes  (búcaro, capacho o cenacho) y relacionados con la construcción (alcayata o cambija), el mundo agrícola (campiña, corcho  o marisma) y con oficios artesanos: cordobán o trapiche.

     Más interesantes, si cabe, por contener los únicos datos de sintaxis mozárabe, son las cancioncillas romances que sirven de remate a las moaxajas árabes y hebrea:  las jarchas y los zéjeles. Las primeras son los testimonios más antiguos de la lírica románica de la Peninsula (entre el siglo XI y el siglo XII) y los segundos se hallan escritos en árabe vulgar e incluyen  palabras  en romance.  Por último, debe señalarse que  pueden apreciarse ciertos rasgos comunes en la forma de varios de estos mozarabismos: el artículo árabe al-, la presencia de ch en lugar de la dental (así chacina frente a cecina, o el sufijo -acho en vez de -azo), el empleo de la consonante sorda por la sonora (alcayata frente a cayado) y los topónimos terminados en -(i)el  (Carabanchel) o -uel (Teruel o  Buñuel).

 


[1] En  los distintos enclaves de resistencia, desde la cordillera Astur hasta el Pirineo, surgieron nuevos centros (Oviedo, León, Burgos o Barcelona) en los que se fraguaron los nuevos modos lingüísticos sobre un fondo de latín vulgar. Estos se esparcieron sobre el resto de la Península con el avance cristiano.

[2] El léxico español de procedencia arábiga es muy abundante. Se ha señalado que constituye, aproximadamente, un 8% del vocabulario total (unos 800 ó 900 términos primitivos que pueden llegar a 4.000. Puede decirse que casi todos los campos de la actividad humana cuentan en español con arabismos, solo parece quedar excluido el vocabulario de sentimientos y emociones.  Podemos destacar el vocabulario científico, dada la superioridad árabe (álgebra, alcohol o jarabe), el que hace referencia al entorno (alcantarilla, aldea o alcázar), el relacionado con la naturaleza (azúcar, aceituna o jazmín), en general oficios o comercio (albañil, aduana o alcalde, alguacil),  las alimentación y los  vestidos y juegos: fideos, alfombra o ajedrez). Sin embargo, donde más profunda es la huella de lo arábigo es en aquellos casos donde el árabe insufló significación nueva a las palabras romances  (holgazán)  y en los  casos de ampliación semántica de ciertas palabras por influjo del árabe: casa (casa/ciudad).

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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Llanto por Federico García Lorca: Voces de muerte/ sonaron cerca de Viznar

 

Llanto por Federico García Lorca

 

Voces de muerte
sonaron cerca de Viznar,
mientras el cielo
relucía como la grupa
de un potro verde.

Su corazón malherido
por cinco espadas
de inefables palabras,
muerto se quedó
con un tiro helado.

Aunque la negra hierba
brote sin cesar de la flor
de tu calavera, no yaces
como todos los muertos.

Duermes sin fin,
y sin epitafio,
en la tierra de tu alba,
en tu verduga tierra.

Vives en los sueños,
en cada voz ahogada,
en cada viva guitarra,
en tus indomables versos.

Tardará mucho tiempo
en nacer, si es que nace,
un poeta tan humano,
un poeta tan rico de duende.

 

 

De: Zoraida Sánchez Mateos

 

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Te esperé en mi vientre/ mucho más que nueve meses

 

Te esperé en mi vientre
mucho más que nueves meses,
desde niña fui tu madre.

Construí tu cuna de arcoíris,
te nombre rey de mis sueños
y quise ser ruiseñor por ti.

Respondías a mis cantos,
a mis caricias, a mis suspiros
meciéndote como los ángeles.

En dos semanas, tus manos
se aferrarían a mis dedos
y yo siempre las guiaría.

Nuestra primavera se secó.

Y, aunque mi carne era tu carne,
ya no latías dentro de mí,
ya no eras dulce aurora.

Y esbozando tu invisible
sonrisa, alumbré cegada
a la amarga Muerte.

Y, en un día, derramé
todas las lágrimas
que no lloraste en vida.

Y, en una noche, ahogué
en mi leche al olvido.
Nunca dejaré de amarte.

 

By: Zoraida Sánchez Mateos

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El origen del español: la influencia de los pueblos germánicos

 

El  final del mundo latino: los pueblos germánicos

  Las invasiones de los pueblos llamados bárbaros por los romanos tuvieron consecuencias decisivas para la historia política y cultural  de la Europa occidental. Con ellos terminó el Imperio latino, se pusieron las bases de una nueva organización, feudal y nacional y se llevo a término una relevante actuación lingüística. Por un lado, originaron nuevas situaciones de bilingüismo, provocando, en mayor o menor grado, interferencias con el habla latina (o románica ya) de las zonas del Imperio que fueron ocupando. En este aspecto, su influencia fue sobre todo en el léxico, aunque también transmitieron algún elemento gramatical y determinadas características fónicas. Por otro, propiciaron condiciones que favorecieron la evolución del latín.

    La Península Ibérica quedó separada del Imperio desde el 409. En este año, entran en ella los pueblos germanos de suevos, alanos y vándalos, quienes se la reparten, con excepción de la Tarraconense. En el 411, llegan a dicha provincia los visigodos (subordinados nominalmente al Imperio), los cuales eliminan a los alanos, arrinconan a los suevos en el Noroeste y obligan a los vándalos a marchar a África en  el 429.  El reino visigodo se hace definitivamente hispano a principios del s.VI, cuando pierde Tolosa ante los francos. A finales de ese siglo, los suevos de Galicia son sometidos y, a principios del VII, se expulsa a los bizantinos del Sur y Este de la Península.

   Los visigodos llegaron a Hispania muy impregnados ya de la cultura romana (mantuvieron la misma estructura regional y los mismos centros de esta cultura) y el período de bilingüismo fue breve, pues su lengua desaparece a lo largo del s.VI. Si a esto añadimos que la población goda era escasa, entenderemos por qué la  lengua gótica no actuó como un verdadero superestrato del hispanorománico ni condicionó demasiado su desarrollo. Salvo préstamos de vocabulario (alrededor de un centenar de términos)[1], su influjo fue sólo indirecto; lo mismo puede decirse de los suevos, que, al permanecer en Galicia, dejaron campo libre a ciertos fenómenos muy vulgares.

   A la hora de valorar la importancia del elemento gótico en español hay que destacar, naturalmente, los germanismos incorporados al latín tardío (y que siguieron en romance) y los que entraron por distintas vías; así, el francés medieval suministró bastantes, y es posible que los mismos visigodos nos transmitieran términos de procedencia distinta. Pero el desarrollo de las lenguas peninsulares, y entre ellas el castellano, no podría entenderse nunca sólo a partir de estos antecedentes. Al revés de lo que ocurre en Francia o Italia, la estructura lingüística de la Península Ibérica  no continúa con el latín desarrollado orgánicamente sobre sus asentamientos originarios.  La llegada en 711 de los árabes trastornó por completo la situación que hemos venido describiendo.

                                       (Continuará en próximas entradas)


[1]  Del léxico godo heredado se pueden citar términos como sacar, sayón (léxico jurídico), guardia, guardián, espía (léxico militar), casta, esquila, esquilar, ganso (vocabulario de pastoreo de animales), y otros como gana, ropa, ataviar, etc. Además, los visigodos proporcionaron el sufijo -engo (de valor jurídico realengo, abadengo o abolengo) y diversos topónimos de influencia latina: Codos, Godones o Gudin.

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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Déjame ser tu Pigmalión

 

Déjame ser tu Pigmalión
para esculpir, lentamente,
con mis yemas de Bernini
tu ardiente mármol rasgado.

Déjame ser tú Prometeo
para avivar la dorada llama
que sembré en tu pecho
de azabache marchito.

Déjame ser tu adelfa
para teñir tus grisáceos
iris del color del sur
y embriagarlos de néctar.

Déjame ser tu musa
insaciable para que sepan
a versos todas las letras
que muerda en tu boca.

Déjame no dejarte ir
cuando Ícaro derrita al sol
y la abismal noche aceche
los pétalos de mi alma

.

zoraida-manchez-mateos

Propiedad de: Zoraida Sánchez Mateos

 

by: Zoraida Sánchez

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Prostíbulo poético

 

He yacido con las cibermusas
del “New Parnaso”,
arácneas forjadoras de
paraísos relámpagos.

Batallé en las nubes.
Sus pomposos links
y sus gifts de conejitos
me sodomizaron.

Exigiome su Madame,
fundadora ilustre
de la Real Academia
del callejón del gato,
140 caracteres.

Me quité el cráneo.
Solo llevaba 10 gigas
de versos áureos.
No aceptó el cambio.

Cobrose mi deuda
convirtiéndome
en proxeneta de
memes literarios.

 

 

 

 

By: Zoraida Sánchez Mateos

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