La vida en un verso

La vida en un verso

 
La vida se esconde,
exhausta y tremulosa,
bajo las alfombras
de las hojas muertas.
Nadie la arropa
ni nota su ausencia.

El elegíaco llanto
de las huérfanas ramas
increpa al verde aire
hacia su última danza
con las primaverales
hijas del lejano abril.

Sus cadáveres bailan,
con sedoso brío,
las notas inefables
del bermejo cielo.
Nadie las mira.
Nadie las retrata.

Las musas olvidadas
agonizan, día tras día,
sobre los teclados
de los imberbes poetas,
que con fervor cavan
su propio epitafio.

Nadie cuenta los versos
que, sin cesar, se pierden
en los relojes blandos
de nuestra memoria
ni los que duermen
en los corazones alados.

Nadie guarda un ruiseñor
azul en su abarrotado pecho.
El rumor del silencio reina
cuando el viento desgarra
las raíces de las letras
que colorean las almas.

Nadie oye las páginas
negras que los ojos narran
cuando se encuentran,
en la soledad del alba,
con su pálido reflejo.

Nadie ve las lágrimas
de las pequeñas sirenas
que anhelan ser rosa.
Todos vuelan siempre
sobre su volátil nido.

Nadie escucha los alaridos
de las flores sin aroma
o de los ríos sin lluvia.
Todos planean siempre
alcanzar nuevos nidales.

Y la parca vida,
gota a gota, se derrama
sobre los mares de cenizas,
sobre los vetustos jirones
de las jadeantes ánimas.

Todos vuelan hacia el ocaso
con la mirada alzada.
Y toda la vida queda
en aquel verso
inaudible de Rimbaud.

 

By: Zoraida Sánchez

Poema galardonado con el Premio Juvenil de las LII Justas Póeticas de Dueñas (2018).

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La sonrisa de Venus

Si pudiera esbozar,
lentamente,
la sonrisa de Venus
en el terso lienzo
de tu alada
espalda.

Si pudiera trazar
lo inefable
de tu aurora
deslizándose por
las tenues celosías
de mis suaves jambas.

Si pudiera deletrear
las hercúleas notas
que danzan
bajo mi piel
cuando suspiramos
al unísono.

Si pudiera nombrar
la insonora
batalla
de mi pelo
encadenándose
a tu férrea barba.

Si pudiera desterrar
el condicional
y susurrártelo
todo
en futuro,
en presente…

De: Zoraida Sánchez

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“Los ríos profundos” de Arguedas: una novela intercultural

     Los ríos profundos (1958) es una novela iniciática que pretende retratar el Perú de los años 60 y que recoge muchas de las tradiciones andinas que en él  se estaban perdiendo. Tal proyecto, desarrollado por José María Arguedas, solo podía ser llevado a término con éxito si se conseguía reflejar el mestizaje cultural de sus habitantes y su complicada situación político-social. Por ello, el escritor peruano optó por un español quechuizado[1] (aunque no renunció a incluir formas en quechua) para contar la historia de Ernesto, un niño que contempla el espacio y el entorno que lo rodea (Abancay) buscando todo aquello que mantenga viva la esencia de sus antepasados índigenas.

   La estructura de la obra, a pesar de ser lineal, contiene algunas características innovadoras, que ayudan a ofrece una visión de la realidad más compleja y cercana a la novela moderna. El relato a veces invierte el orden (como sucede al principio), evoca episodios pasados y adquiere un carácter propio y unitario gracias a la música y la danza, las cuales están presentes tanto en el interior como en el cierre de cada capítulo (Usandizaga; 2013). Además, el primero condensa simbólicamente los grandes temas y las oposiciones fundamentales que se darán en toda la novela y los capítulos siguientes se van extendiendo, progresivamente, para aumentar su efecto expresivo. Este llega a su máximo nivel en episodio final  (Gónzalez, 1995: 85).   

    El punto de vista de la obra también es complejo, ya que “se pueden detectar tres visiones diferentes a través de un mismo narrador”. Por un lado, está el niño que vive en el colegio y que  comprende lo sobrenatural, por otro, se encuentra el adulto que recuerda los acontecimientos y, por último, el antropólogo que da a conocer el mundo andino. La combinación de estas tres subjetividades ayudan al lector a adentrarse en los distintos elementos de este mundo ancestral (Usandizaga, 2013). Arguedas rescata muchos de los mitos andinos y, a través de su protagonista, muestra el valor espiritual y cultural que le proporciona su origen mestizo.

    El título de la narración pretende poner el foco de esta en uno de los elementos más importantes en la cultura andina: el río  “yawar mayu”. Este representa la fuerza renovadora de la naturaleza y es capaz de superar cualquier obstáculo. Por ello, los niños desean ser como él: “Había que ser como ese río imperturbable y cristalino, como sus aguas vencedoras” (Arguedas, 1995: 233).  La oposición que se hace en la  novela entre el poder del río Apurímac y la tranquilidad del Ribac (representante de la colonia española) sirve, además, para resaltar el poder de la tradición peruana (González 1995).  El muro incaico también contiene esa energia, para Ernesto es una  “piedra de sangre hirviente, puk’tik yawar rumi” que, aunque se encuentra debajo de construcciones occidentales, mantiene viva la tradición cuzquezña. Como indica Ángel Rama, “lo que se indaga en las novelas de los transculturadores es una suerte de fide­lidad al espíritu” (1982: 123).

    Sin embargo, Arguedas no desea un enfrentamiento cultural. El escritor andino busca la convivencia; dentro de esta el zumbayllu será la máxima muestra de la posible hibridez entre elementos autóctonos y occidentales. El juego del trompo, nacido en Europea, es la unión del castellano zumbar y del quechua illu. Este juego se entrelaza “con el baile ritual y con la armonía natural” de los habitantes originarios del Perú (Usandizaga, 2013: 4). La música en la novela, como ya se ha señalado, es imprescindible para llegar a comprender la forma de vida de los índigenas.

   Todos los elementos comentados muestran al lector de los Ríos profundos que  “el pasado tiene valor de futuro, de fuerza que se proyecta hacia adelante” (Rama, 1988: 123). Esta fuerza es imprescindible para mantener viva y para enriquecer las culturas ancestrales. La original hibridez de la obra de Arguedas es un claro  y valioso testimonio de ello.


[1] El español quechuizado se caracteriza por tener el sistema léxico y la morfología del español y por presentar  la sintaxis quechua” (González, 1995: 38).

   

                                                                           Bibliografía

  • Arguedas, José, Los ríos profundos, edición de Ricardo González Vigil, Madrid, Cátedra, 1995.
  • Rama, Ángel, Transculturación narrativa en América Latina, México, Siglo XXI.
  • Usandizaga, Helena, “La literatura hispanoamericana”, en Neus Samblancat, coord., Introducción a la literatura española. Barcelona: RBA/ Universitat Oberta de Catalunya, 1998.
  • Usandizaga, Helena, Apuntes de clase sobre Los ríos Profundos, Campus virtual UAB, 2013.
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En sus aguas de roja noche

 

En sus aguas de roja noche,
bañamos, gota a gota,
nuestros sueños de nácar.

Cabalgamos, desnudos,
 las ondas del tiempo,
bajo la luna de sangre blanca.

Cinco espadas sobre el caoba
danzaban al ritmo
que tu vientre de nardos
se tornaba volcán de alma.

Entre las embriagantes sombras
de luz, 
brotaron lágrimas
de palabras, que crujieron
tu punzante mirada.

El humo de tus ojos
tiñó, lentamente,
mis joviales bronquios.

En cada húmedo suspiro,
en cada nota muda
que mis dedos por ti trazan,
asfixiados, te inhalan.  

 

 

By: Zoraida Sánchez

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La literatura castellana (siglos XIV y XV)

La literatura castellana a finales de la Edad Media

 

    La ingente obra que desarrolló Alfonso X estableció las líneas por donde, en los dos siglos siguientes, discurriría la lengua literaria en castellano, tanto en su organización interna como en los géneros en que se manifestaría. No obstante, el contacto con las nuevas corrientes culturales que surgieron en Europa a finales de la Edad Media, en especial las procedentes de Italia, hizo surgir nuevos modos literarios.

   La literatura didáctica continuó, aunque con ciertas variaciones: las fuentes árabes van cediendo la primacía a modelos de la tradición cristiana europea hasta desembocar en la hagiografía o en tratados apologéticos. Además, los libros de proverbios o refranes desaparecen en favor de exposiciones más desarrolladas, construidas muchas veces en forma de diálogo. En el siglo XIV, el máximo representante de este género (y el mayor continuador de Alfonso X) es Don Juan Manuel con el Libro de los Ejemplos del Conde Lucanor y de Patronio.

  De la prosa histórica, surgió una larga serie de relatos de hechos ficticios o legendarios, que constituyen la primera muestra de narración novelesca en castellano y que servirán de modelo a las futuras novelas de caballerías. Puede destacarse el Libro del caballero Zifar,  la Gran Conquista de Ultramar o Amadís de Gaula.

    El siglo XIV contempla la decadencia de los dos grandes géneros poéticos desarrollados en Castilla durante la centuria anterior. La  épica sólo se manifiesta en las Mocedades y en el Poema de Alfonso Onceno. A mediados de este siglo, parece iniciarse la composición de los romances: nacidos de las antiguas gestas épicas, celebran también hechos notables de la historia coetánea, asuntos novelescos o líricos. En dicha época, conservan aún el carácter juglaresco de transmisión oral.

  El ‘Mester de clerecía’ fue bastante cultivado en esta época, aunque sus contenidos varían respecto del anterior.  Las dos grandes muestras del género tienen personalidad, claramente diferenciada. Por un lado, se halla el Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz Arcipreste de Hita, que es una obra complejísima de intención y de fuentes. Por otro, el Rimado de Palacio del Canciller Ayala (observador crítico de su tiempo, moralista y de espíritu religioso), que cierra con sus amargas diatribas y reflexiones el género de Gonzalo de Berceo y el de El libro de Alexandre.

   Clara relación con los poemas de ‘clerecía’ y con el espíritu didáctico-moral del siglo XIV ofrece un grupo de obras compuestas por judíos. Destacan en entre ellas los Proverbios morales del rabino don Sem Tob de Carrión y las primeras muestras de literatura aljamiada: las Coplas de Yoçef (escritas en caracteres hebreos) y el Poema de Yuçuf, que fue recogido en caracteres arábigos.

   A finales de esta centuria, el gallego-portugués va a dejar de ser la lengua de la poesía lírica, por lo que se empieza a usar el castellano para este género. Con este cambio de orientación en los poetas cultos, se produce el ascenso en estimación de la poesía lírica popular hasta entonces no fijada por escrito.

    En el siglo xv, la mayor parte de los tipos de literatura señalados previamente continúan siendo cultivados, con mayor o menor intensidad. La literatura didáctica cuenta con ejemplos tan relevantes como El Corbacho, de Alfonso Martínez de Toledo o el Diálogo de vita beata, del converso Juan de Lucena. Hay, además, numerosos tratados sobre la predestinación, la buena conducta cristiana, la defensa o ataque a las mujeres, etc.

  La prosa histórica se muestra en “crónicas de reinados”, pero también de personas notables. De ahí que, a veces, derive en relatos fantásticos como la Crónica sarracina de Pedro del Corral, o en biografías aventureras como el Victorial o Crónica de don Pero Niño, de Gutierrez Díez de Games, e incluso autobiografías como las Memorias de Doña. Leonor López de Córdoba. De otro tipo, más analíticas y relacionadas con los modelos de la Antigüedad clásica, son las Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán y los Claros varones de Castilla de Fernando del Pulgar. Por su parte, la narrativa de ficción continúa con los relatos caballerescos e inaugura el género de la novela sentimental, en. la que destacan el Siervo libre de amor, de Juan Rodríguez del Padrón, y la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro.

  En el siglo xv, la lengua literaria presenta grandes novedades. En primer lugar, la irrupción definitiva de la  nueva sensibilidad ‘humanista‘, vuelta hacia el mundo clásico (en especial el latino), pero inspirada directamente por  la literatura italiana a partir de Dante. Como en otros casos, ese nuevo espíritu empieza a entrar por traducciones: Don Enrique de Villena traduce Eneida de Virgilio y Juan de Mena escribe  Omero romançado.

   Sin embargo, el Humanismo es aún bastante superficial: se muestra, sobre todo, en referencias más o menos acertadas a héroes y mitos clásicos y en abundantes latinismos léxicos y de sintaxis. Quizá autores como Villena y, más tarde, Antonio de Nebrija sean quienes ofrezcan de forma más acabada esa nueva actitud intelectual en esta centuria. Otra novedad es la definitiva consagración del castellano como lengua de la poesía lírica. Al mismo tiempo, los poetas aparecen agrupados en “cancioneros”, de los cuales destaca  el Cancionero de Baena (1445).

   Por último, a finales del xv, aparece la literatura teatral, muy vinculada aún a temas religiosos y con elementos pastoriles, tal como se muestra en las obras de’ Gómez Manrique. No obstante el diálogo supremo de este período (puede calificarse de comedia humanística) es la Celestina, que fue escrita por el converso Fernando de Rojas

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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Te llevaste mi otoño

 

 

Te llevaste mi otoño,
pero me perdí en tu invierno.
Pusiste puertas al cielo.

Los recuerdos de nuestro abril
 se deshicieron, velozmente,
como lágrimas en la lluvia.

Te lloré hasta dejarte verano.
Y, bañada en tu ausencia,
le grité los secretos
de tu nombre al viento.

En su eco eterno, recordaré
embriagada que  los hombres
 son hombres y que los sueños
solo duran una noche.

 

De: Zoraida Sánchez

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El origen del español: El castellano en la Edad Media (I)

La evolución del castellano medieval 

   La historia del castellano, desde su aparición en los textos de los siglos XII y XIII, se nos muestra como una continua expansión. Por un lado, hay una expansión interna: se convierte en la lengua «propia» de Castilla en todas sus manifestaciones escritas, quedando el latín restringido al ámbito litúrgico y a ciertas actividades intelectuales. Esto obliga al desarrollo de un idioma que en épocas anteriores sólo servía para las necesidades prácticas de la comunicación inmediata.

  El «desarrollo» del castellano adquiere así una doble vertiente: la historia literaria (con sus procedimientos expresivos,  estilos más personales y  géneros de textos  más variados) y la propia lengua (sus hablantes tienen la necesidad, de expresar en ella, nuevos contenidos, de más alto nivel de abstracción o de sutileza significativa). Por otro, hay una expansión externa, que es consecuencia de fenómenos políticos: la conquista de territorios gobernados por los musulmanes “Reconquista”, la unión definitiva con León y la penetración castellana en Aragón.

  El castellano lengua “oficial” y de cultura

  Durante el siglo XIII, el castellano se convirtió en la única lengua empleada por la Cancillería Real. Es decir, era el idioma utilizado en todos los textos de carácter jurídico y normativo. En este aspecto, fue por delante de otros romances. Testimonio de tal avance es el Fuero Real.   Más importante aún si cabe es el ascenso del castellano al rango de lengua de cultura digna de expresar contenidos elevados. Varios son los caminos que llevaron a ese resultado.

   En primer lugar, el castellano se hace lengua literaria en la poesía épica de transmisión oral. Pese a que sólo pervive un poema completo El cantar de Mio Cid y algún fragmento de Roncesvalles y varias refundiciones de otros hay datos suficientes para afirmar que la tradición épica castellana se remonta al menos al año 1000.  Otra tradición, esta de origen culto y clerical, venía utilizando el castellano como vehículo de expresión. A ella pertenecen poemas sacros (Vida de Santa María Egipcíaca) y profanos (Razón de Amor), las composiciones  de Gonzalo de Berceo o los Libros de Apolonio y Alexandre. Sus autores tienen ya clara conciencia de dominio de una técnica literaria y su contribución fue inmensa al proporcionar gran parte del vocabulario culto primitivo.

   En segundo lugar, las traducciones fueron elemento básico en el proceso de ”abrir” el castellano a nuevos contenidos y dotarle de la suficiente capacidad lingüística para expresarlos. La actividad traductora en España se remonta al siglo. X, pero su  centro fundamental lo constituyó Toledo desde los tiempos del arzobispo Don Raimundo (1126-1152), impulsor de la llamada “Escuela de Traductores”. La actividad del Rey Sabio fue decisiva, no sólo por el número e importancia de obras traducidas, sino por el cuidado que aplicaba a esta labor. 

   Las mayoría de obras traducidas pertenecen, a la tradición semítica. Hallamos versiones de la Biblia, tanto del hebreo como de la Vulgata latina, y traducciones de la literatura didáctica oriental: Libro de los doze sabios También de intención didáctica, aunque con estructura muy distinta, son diversas colecciones de eixemplos cuya fuente suele estar en la India (Calila e Digna). Contra lo que podría esperarse, el influjo lingüístico árabe o semítico no fue muy elevado debido a la voluntad de construir una sintaxis propia del castellano, no imitada mecánicamente. Algo parecido ocurrió en el léxico. El número de ‘préstamos’ directos del árabe es, en proporción, reducido en estas obras; sólo en las traducciones «técnicas» aumentan, aunque suele dárseles equivalencia latina o romance:  Es mucho más habitual el “calco semántico” mediante la derivación o composición.

    En tercer lugar, la prosa histórica fue otro de los géneros en que se puso a prueba la nueva lengua castellana. Hasta mediados del XIII la historia se escribía en latín, pero también aquí el impulso de Alfonso X fue decisivo. Bajo su égida, se iniciaron dos grandes compilaciones: la Estoria de España  y  General Estoria. En el léxico de estos textos no sólo son de resaltar el ‘calco semántico’, la creación de palabras por derivación o la entrada de ‘cultismos’, arabismos y léxico de otros orígenes, sino también el deseo de que estos sean  fáciles de utilizar. Suele decirse que el castellano literario se constituyó sobre la lengua de Toledo, donde se fundieron diversas variantes internas, y que esta fue la utilizada como ‘lengua culta’.

 

Continuará en la próxima entrada

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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La ciudad sin sueño

 

  Nadie duerme en el sinuoso
reino de la Manzana.
Cuando el grito desvela
cómo el cielo se desangra,
las Venus oxigenadas,
sin tacones de cristal
y con risueñas máscaras
de hueca y cegadora plata,
se convierten en princesas
de una noche estrellada.

    Embutidas en hormigas
de latón, veloces cabalgan
hasta los dionisiacos Apolos.
Sus sonrisas de cartón morado
alimentan a los tristes gusanos
de sus diminutas sienes rosadas.
Dejan atrás el mar de calaveras
de los olvidados teatros azules,
donde las mudas lechuzas,
a diario, se quitan el cráneo.

    Nadie sueña entre las olas
de luciérnagas metalizadas.
Cuando Cronos devora
rítmicamente a sus neonatos,
todos se mecen con las notas
embriagadas en plástico blanco
y orinan en las raíces mutiladas
por el vetusto e inmundo asfalto,
creando un eterno y dantesco
jardín de lascivas sombras.

    Arrinconadas, sus verdes
almas en espiral revolotean
bajo las débiles pinceladas
de los vómitos de la luna,
que cubren el cementerio
de crisálidas ahumadas
y esbozan las frágiles siluetas
de los perdidos en los relojes
blandos de la memoria.

   Nadie duerme cuando
los canes moribundos cantan
sonatas en la fría arena,
anhelando el embriagante
perfume de frituras baratas
que deja el hambriento alba;
agrio testigo del insomnio
que, una noche más, pudre
el corazón de los que a ciegas
por sus redes de aceras vagan.

 

De: Zoraida Sánchez Mateos

 

 

 

 

 

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Tu sonrisa, como la de todos los hombres, tiene nombre de mujer

 

 

Si pudiera deshojar tus iris,
desvelaría que tu sonrisa,
como las de todos los hombres,
tiene nombre de mujer.

Y en cada pétalo hallaría
las invisibles huellas
de tus frondosas raíces
en mi monte de Venus.

Si pudieras deshilar mi pelo,
revelarías el laberinto
de mis sueños y la cuerda
que trazaste hasta ellos.

Y en cada hebra toparías
una sombra, una luz,
un nudo y una flor que
germina sobre una rama rota.

Si pudiéramos deshacer
las espinas que crucifican
nuestros labios, tus pupilas
florecerían en mi boca.

Y, en cada alba, volverían
las alondras a entonar,
sobre mi vientre verde
,
el inefable canto de Eros.

 

 

 

De: Zoraida Sánchez

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El romance en Al-andalus: el origen del español

  

   La rápida conquista de la Península Ibérica (Al-Andalus) por parte de los musulmanes  impuso  el árabe como lengua oficial y de cultura en gran parte de este territorio [1], creando con ello una sociedad bilingüe árabo-románica [2] desde el siglo VIII hasta el  XI o XII. En esa habla románica se continuaba el latín, aunque  este era sólo una lengua para el coloquio, carente de cualquier normalización y fragmentada en formas diversas. 

   El conocimiento de la lengua románica de Al-Andalus choca con grandes dificultades. Por un lado, ni siquiera podemos nombrarla con un término específico. El más habitual es mozárabe, pero esta palabra tenía una aplicación socioreligiosa. También se utiliza la denominación genérica “aljamía”, que para los árabes significabalengua de extranjeros”. Parece que estos tuvieron plena conciencia de que el latín y el romance constituían ya dos realidades lingüísticas bien diferenciadas. Por otro, nuestro conocimiento del mozárabe se limita, en buena parte, al léxico. Por medio de él podemos muchas veces reconstruir su fonética; muy poco, en cambio, conocemos de otros planos de la lengua. 

   A esto hay que añadir que casi todos los elementos mozárabes nos han sido transmitidos por los árabes como formas extranjeras en grafía arábiga o como romanismos que el árabe hispano había asimilado y luego transmitió a castellanos, portugueses o catalanes,  lo que dificulta mucho la interpretación de esos datos. Mozarabismos o romanismos son los que nos ofrecen desde el siglo X al XV los tratados árabes de medicina o botánica. Son fundamentales, además, los Libros de Repartimiento, que los conquistadores empiezan a confeccionar desde el siglo XIII con el objeto de inventariar las posesiones de los musulmanes.

     A través del mozárabe,  nos ha llegado la toponimia andalusí de origen latino: en unos casos sólo han intervenido cambios lingüísticos de origen árabe (HISPALIS > lsbiliya > Sevilla), pero en otros muchos las alteraciones corresponden a la evolución fonética mozárabe (ÓNUBA > Huelva). También nos ha llegado términos de alimentación (gazpacho o guisante) y nombres de peces (jurel o pargo) y de recipientes  (búcaro, capacho o cenacho) y relacionados con la construcción (alcayata o cambija), el mundo agrícola (campiña, corcho  o marisma) y con oficios artesanos: cordobán o trapiche.

     Más interesantes, si cabe, por contener los únicos datos de sintaxis mozárabe, son las cancioncillas romances que sirven de remate a las moaxajas árabes y hebrea:  las jarchas y los zéjeles. Las primeras son los testimonios más antiguos de la lírica románica de la Peninsula (entre el siglo XI y el siglo XII) y los segundos se hallan escritos en árabe vulgar e incluyen  palabras  en romance.  Por último, debe señalarse que  pueden apreciarse ciertos rasgos comunes en la forma de varios de estos mozarabismos: el artículo árabe al-, la presencia de ch en lugar de la dental (así chacina frente a cecina, o el sufijo -acho en vez de -azo), el empleo de la consonante sorda por la sonora (alcayata frente a cayado) y los topónimos terminados en -(i)el  (Carabanchel) o -uel (Teruel o  Buñuel).

 


[1] En  los distintos enclaves de resistencia, desde la cordillera Astur hasta el Pirineo, surgieron nuevos centros (Oviedo, León, Burgos o Barcelona) en los que se fraguaron los nuevos modos lingüísticos sobre un fondo de latín vulgar. Estos se esparcieron sobre el resto de la Península con el avance cristiano.

[2] El léxico español de procedencia arábiga es muy abundante. Se ha señalado que constituye, aproximadamente, un 8% del vocabulario total (unos 800 ó 900 términos primitivos que pueden llegar a 4.000. Puede decirse que casi todos los campos de la actividad humana cuentan en español con arabismos, solo parece quedar excluido el vocabulario de sentimientos y emociones.  Podemos destacar el vocabulario científico, dada la superioridad árabe (álgebra, alcohol o jarabe), el que hace referencia al entorno (alcantarilla, aldea o alcázar), el relacionado con la naturaleza (azúcar, aceituna o jazmín), en general oficios o comercio (albañil, aduana o alcalde, alguacil),  las alimentación y los  vestidos y juegos: fideos, alfombra o ajedrez). Sin embargo, donde más profunda es la huella de lo arábigo es en aquellos casos donde el árabe insufló significación nueva a las palabras romances  (holgazán)  y en los  casos de ampliación semántica de ciertas palabras por influjo del árabe: casa (casa/ciudad).

 

Bibliografía

Cano Aguilar, Rafael  (1988), El español a través de los tiempos, Madrid: Arco Libros.

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